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San Luis en el Siglo XVII

 

CAPiTULO III

SAN LUIS EN EL SIGLO XVII

Raíz del localismo
La carencia de documentos o la falta de información no nos autoriza a sostener que "no hay nada digno de especia) mención durante los treinta años subsiguientes al establecimiento de la ciudad de San Luis". Y aunque todo se hubiese reducido al "amargo recuerdo de aquella lucha a muerte con el salvaje de la frontera sud" -lucha que no podía ser recuerdo por cuanto no existió hasta mucho después- hay una ineludible obligación de tratar de averiguar cuál fue la vida de los puntanos a lo largo de esas primeras décadas, acaso las más difíciles y seguramente raíz de un quehacer todavía no bien comprendido.
La atracción de la tierra se muestra vigorosa desde los tiempos iniciales y no es necesario ahondar en la interpretación de los viejos y escasos papeles para advertir cómo, el hombre de San Luis se aferra a su suelo. Así, pocos días después de la fundación de la ciudad, don Francisco Muñoz pide a Jofré que se lo prefiera en la posesión del Carrizal, como poblador más antiguo. No es, pues, el aprovechado encomendero que quiere crecer con el trabajo de los indios, sino el conquistador conquistado, el que se enamora del terruño y desea quedarse, arraigado en el dolor y en la esperanza de la gleba y la arena. El plácido verdor de Chalachiri y de Chumire guardarán no sólo su honrado sudor sino también sus sueños y, lo que es más ponderable, sus hijos con alma serrana.
El espíritu de la ciudad, su nervio y su rumbo aparecen sin sombras en la gestión 'que en 1603 el Cabildo encarga a don Andrés de Fuensalida para conseguir que el Gobernador de Chile confirme la fundación realizada por Jofré y limite las aspiraciones mendocinas, deslindando las jurisdicciones en el Desaguadero y liberando a los indios puntanos de trabajos y dependencias fuera de sus tierras.
Concedido esto y algo más por don Alonso de Rivera, los capitulares de Mendoza no dejaron de expresar que la supresión de las mitas puntanas señalarían la total destrucción de su ciudad y encargaron a su mayordomo lo hiciese así presente al Corregidor para que no se quitase tal servicio, "pues de derecho y conforme a las encomiendas de losvecinos deben gozar de ello". Alegaron también que la ciudad de San Luis se había poblado en términos de la de Mendoza "y los vecinos de ésta haber más tiempo de cuarenta años, desde que se pobló esta dicha ciudad, que han gozado y tenido de costumbre el venirse de mita los dichos indios, además de los que han enviado a Chile".
La lucha -mal que les pese a ciertos cronistas-- no fue "con el salvaje de la frontera sud". Y esto no puede silenciarse, porque se deforma la verdad y se hace más difícil comprender lo que fue y lo que es eel 15 de noviembre de 1604 el Corregidor don Jerónimo de Benavidez recordó al Cabildo mendocino la comisión que tenía "para ir a la gobernación de los juríes y tratar con el gobernador de ella acerca de los términos de esta ciudad y de la ciudad de San Luis de Loyola y de toda esta provincia, para que se obvie los agravios y vejaciones que se han hecho por particulares". En efecto: desde Córdoba, "es notorio que han entrado soldados caudillos de mano armada, veinte y siete leguas de esta ciudad de Mendoza, pasando más de catorce leguas adelante df! la ciudad de San Luis",llevándose muchos caciques e indios y quitándoles sus ganados, mujeres e hijos. Más, por estar ocupado Benavidez, el Ayuntamiento de Mendoza comisionó a los capitanes Andrés de Fuensalida Guzmán y Juan de Godoy para que, cualquiera de ellos, pasase a la ciudad de Córdoba a pedir la restitución de los indios y caciques "y se partiesen los términos de estas ciudades, según la antigüedad de las encomiendas hechas por los gobernadores de cada Gobernación".
Cabe destacar que tanto Godoy como Fuensalida eran encomenderos de la ciudad de la Punta que don Andrés fue uno de los más tenaces defensores de los derechos de San Luis, a la que sustentó sin desmayos. La representación que llevó ante el Gobernador Alonso de Rivera debe haber sido el origen de las dos reales cédulas fechadas en Lisboa a 29 de junio de 1619.
En una de ellas, dirigida al Virrey y la Audiencia de Lima, el Rey expresa que por parte de la ciudad de San Luis de Loyola le ha sido hecha relación que, respecto de estar muy distante de la ciudad de Santiago, convendría darle jurisdicción de por sí, nombrando en ella gobernador aparte, agregándole la ciudad de la Nueva Rioja y poblando otra en el Río Grande, sesenta o setenta leguas de la dicha ciudad, donde hay muchos indios vacos por encomendar.
La otra cédula, en la que solicita el informe de la Audiencia de Santiago de Chile, contiene la relación de San Luis en el sentido de que por no estar declarados los términos de su jurisdicción y dónde se divide de la de Córdoba, se ofrecen de ordinario muchos pleitos y diferencias.
Pedía San Luis que, para evitar esos inconvenientes, "se lo mandase declarar, dándole la primer posesión".
Revelan estos documentos que San Luis no quiso para sí un destino de paradero o fortín levantado junto al camino de las carretas, sino que buscó su autonomía de ciudad hispana, consciente de sus obligaciones y celosa de sus derechos. Que era, si bien se mira, una forma de robustecer el país de Cuyo, extendiendo la religión y asegurando sus confines.
El sentir de un pueblo
No son éstas las únicas noticias que se han conservado sobre el espíritu de independencia que nutría la vida de San Luis. Otros documentos, hondos y esclarecedores, podemos ofrecer a la meditación de los estudiosos, porque no todo ha de ser leer de prisa viejos testimonios.
El 5 de mayo de 1632 el Cabildo acordó no recibir al nuevo teniente de corregidor Domingo Amigo Zapata y dispuso que el sargento mayor Pedro Pérez Moreno continuase ejerciendo dicho oficio. Para adoptar esas decisiones, los capitulares se apoyaron en el conocimiento que tenían sobre el estado de la tierra y en las declaraciones de los vecinos sabedores de las andanzas del pretendiente.
Don Francisco Rodríguez de Gamboa, regidor y alcalde de la santa hermandad, expresó que al Cabildo le constaba "por cartas y avisos que el gobernador don Gerónimo Luis de Cabrera y otras personas habían enviado a esta ciudad", que todos los indios de las ciudades de Londres y La Rioja y parte de los de la jurisdicción de San Juan estaban rebelados "y han peleado muchas veces con los españoles y han muerto más de cien hombres, mujeres y sacerdotes". También le constaba, por aviso que diera el cacique principal don Francisco Muño, que en esta jurisdicción "están muchos indios juntos, prevenidos con armas y caballos, y que no han osado venir a esta ciudad (aunque no hay en ella más de tan solamente tres vecinos feudatarios y cinco moradores y muy pocas armas), por'ser al presente teniente de corregidor y justicia mayor en esta ciudad el sargento mayor Pedro Pérez Moreno, persona que ha más de veinte y cinco años que reside en esta ciudad, pacificando y ayudando a reducir los indios de esta comarca; y por el buen nombre que tiene entre todos los dichos indios y los de las pampas, por ser muy valeroso soldado de mucha opinión, no se atreven a acometer esta ciudad y es muy cierto que si en esta ocasión fuera otra persona teniente, hubieran intentado llevarse esta ciudad los dichos indios".
En la información que el procurador de la ciudad Marcos Muñoz presentó para justificar su contradicción al recibimiento del nuevo teniente corregidor, varias personas declararon que si bien Domingo Amigo Zapata era vecino feudatario de San Luis, no tenía casa poblada ni atendía a las obligaciones de los vecinos. En cuanto a sus indios, los había arrendado a un vecino de Santa Fe; de ahí que pretendiera el gobierno, "para con más facilidad poder maloquear los dichos indios a costa de los vecinos y moradores".
Además de haber maltratado a indios e indias, era público y notorio "en esta ciudad y en la de Mendoza donde reside, que es tenido y habido y comúnmente reputado por hombre de mala condición, amigo de pleitos y disensiones".
Recibirlo, pues, hubiera equivalido a hacer desamparar la ciudad. "Y estando desamparada, podrán los indios con mucha facilidad quemar la ciudad y llevarse las mujeres y lo demás que hallaren, con que quedará alzada toda la tierra".
Cinco años después, en abril de 1637, compareció el capitán Juan Luis Pacheco con título de teniente corregidor.
En esta oportunidad lo contradijo Rodrigo de Narváez, quien ejercía el empleo desde febrero, con derecho a gozar el título durante un año y un día.
Los capitulares, tras manifestar que "tienen buen teniente que los mantiene en paz y justicia", asentaron en su libro de acuerdos que, además, "todos los vecinos y moradores de esta ciudad han clamado y pedido a su señoría que no reciban tenientes nuevos, pues el que lo está usando no les hace mal ni agravio".
Expresaron los capitulares, asimismo, que el título de Pacheco "es su fecha diez días antes que el del capitán Rodrigo de Narváez, con lo que quedó revocado". Tampoco había en la ciudad quien le sirviese de fiador, "porque están los moradores ausentes". Finalmente, decían los hombres del Cabildo puntano: "Y cuando sea necesario se darán más causas y 10 que el pueblo clama".
En septiembre de 1643 Juan Gómez Isleño intimó el cumplimiento de una real cédula de 1624, en la que la Audiencia de Santiago de Chile, en vista de los daños e inconvenientes que resultaban por no ser examinado ni aprobados los tenientes corregidores, mandó que no ejerciese dicho oficio ninguna persona que no fuere examinada y aprobada por el Consejo o la Audiencia, ni los Cabildos la admitiesen, debiendo en cambio deponer "a los que en contra de esto estuvieren ejerciendo".
Inútil fue que el teniente gobernador de San Luis don Bartolomé de Ribas alegase que había sido aprobado en Mendoza: el Cabildo puntano le ordenó arrimar la vara, pena de-doscientos pesos oro, además de enviarlo "preso, a buen recaudo", si no cumplía.
Seguidamente, el Cabildo mandó "que los vecinos y moradores de esta ciudad no obedezcan ni acaten las órdenes y mandatos del capitán Bartolomé de Ribas, por cuanto está depuesto de la vara de teniente de corregidor y justicia mayor por la cédula intimada a este Ayuntamiento, pena de cien pesos de oro aplicados a la cámara de su majestad al que no cumpliere con el tenor de este auto y real cédula, sin réplica ni súplica obedecida como dicho es".
La ciudad junto al camino
Todavía alguien soñaba con los Césares, en tanto el general Mosquera, desde Buenos Aires, atravesaba soledades para ir a llevar refuerzo de mil hombres al otro lado de la cordillera. Y una tras otra las cédulas reales mandaban sustentar las ciudades de Cuyo, que tendían a despoblarse por la continua extracción de indios y la falta de autoridades temerosas de Dios.
En la jurisdicción de San Luis., luego de confirmada la fundación hecha por Jofré, la acción pobladora se vigorizó a pesar de los pleitos y rencillas que asomaban en lontananza, tanto del Naciente como del Poniente. Algunos documentos prueban que la población fue en aumento hasta 1630, año en que la comarca padeció los efectos de la peste introducida desde el Tucumán y el .litoral. Pero los papeles también sirven para disimular escondidos intereses y más de una vez se contradicen, obligando a mirar con atención más allá del duro rasguear de los amanuenses.
No uno sino dos y tres testigos, afirmaban en mayo de 1632 que en esta ciudad sólo había tres vecinos feudatarios y cinco moradores. Sin embargo, ese mismo mes, un capitular expresaba que "en esta ciudad hay muchos moradores que tienen vecindades con que sustentan casa, armas y caballos y hacen sus sementeras y acuden a lo demás".
Entre 1630 y 1647 se menciona a los encomenderos Francisco de Lariz, Domingo Amigo Zapata, Fracisco Felipe, Juan Gómez Isleño, Marcos Muñoz, Pedro de Reinoso y Pedro Moyano Cornejo. Se destaca, asimismo, que algunas pérsonas hacen de escuderos'o sustentan vecindades ajenas, a pesar de tener la suya propia. El detalle es valioso: Juan Luis Pacheco tiene las vecindades de Diego Flores y Diego de Salas; Juan Gómez Isleño, las de Andrés Fuensalida y Jusepe Rodríguez de San Pedro; Marcos Muñoz, las de Bartolomé Maldonado, Valentín Fernández de Córdoba, Pedro de Zárate Bello y Bartolomé de Rojas; don Pedro de Reinos o, la de Alonso de Caravajal; el capitán Pedro Pérez Moreno -que no debe confundirse con el sargento mayor de ese mismo nombre- las de Francisco de Eraso y Antonio Chacón; y la viuda Inés de Valencia, las de Andrés Illanes de Quiroga, Francisco de Mena y Rafael de Zárate, "siendo mujer, que no puede tener vecindad ninguna".
Este importante documento -de fecha 12 de septiembre de 1637- a la vez que pone en evidencia una de las causas que impedían el adelanto de la ciudad, es el primero que menciona el nombre de una mujer pobladora: doña Inés de Valencia. Junto a ella se agrupan las otras, como claras sombras: las que los pampas se llevarán si la ciudades desamparada; la mujer del cacique Choromta, conducida a Mendoza en una collera; la mujer, la suegra y la cuñada de Melchor Fernández Crispín, que venían del puerto de Buenos Aires por el camino nuevo; las que claman que no se cambien los tenientes; la que Juan Escudero fue a buscar a Santiago de Chile; aquella que, a la puerta de la iglesia, bailó con el Corregidor Juan de la Banda al son de un arpa; y aquella otra, hija de la tierra, que casó con Marcelo de Magallanes para que se quedase a poblar.
A mediados de 1632 se afirmaba que los pocos vecinos y moradores eran "todos muy pobres". Cuatro años después, al Cabildo le constaba "la mucha necesidad que hay de comida y se padece mucha hambre, de que resulta estar apestados los naturales". En 1637, el procurador don Pedro de Reinoso pedía que no se hiciesen malocas a los indios, "porque al presente no hay en qué ocuparlos ni qué darles de comer". El teniente corregidor Pedro de Fuentes Pavón, en noviembre de 1650, pidió licencia para ir a Buenos Aires, "pues está pereciendo así su casa como la gente que tiene indios y mucha chusma, por respecto de haberle faltado la comida y no haberla en esta ciudad para poderla comprar". Ese mismo añio el 'alcalde Juan de Acosta Acufia repetía que "en esta ciudad no viven más de tres vecinos encomenderos y cinco moradores" y agregaba: "es tanta la pobreza que apenas se pueden sustentar, por no tener granjerías por ser la tierra tan estéril, porque no tienen viñas y otros frutos y sementeras que no se dan". Decía también que las cosechas eran escasas "por ser el agua tan poca", "y así viven con necesidades que se pueden entender".
Sin embargo, a partir de 1650 es notable el incremento de la ganadería puntana, merced a las recogidas de haciendas que se efectuaban en las pampas. Gracias a este importantísimo aporte, crecieron las estancias y fue posible comerciar activamente con Chile, si bien los intereses de muchos poderosos entorpecieron con insistencia esas labores, único recurso de San Luis.
La proximidad de la serranía -baluarte, recreo y despensa- hizo que la ciudad ofreciese pocos atractivos para un prolongado estar. De ahí que los vecinos cumpliesen apenas la obligación de sustentarla. Y no es extraño que en 1636 se ordenase poblar la ciudad, afirmando que "está sola y se caen las casas".
Entregadas las tierras a poco menos que transeúntes o despreocupados usufructuarios, no se volcaban sobre ellas el interés y el cariño de los auténticos pobladores. Una real provisión de 1633, dictada a requerimiento del Cabildo puntano, trató de extirpar ese mal disponiendo que las vecindades se diesen a los moradores que estuviesen acimentados pero que no se otorgasen a quienes moraban en San Juan y en Mendoza.
Alrededor del Cabildo
No son muchos los acuerdos del Cabildo puntano que han llegado hasta nosotros. Acaso los más interesantes se perdieron en el mismo siglo XVII, para que no quedasen constancias de disposiciones que gravitaban sobre intereses particulares, fueran ellos de tierras o de buena fama. El temor a la justicia también movió las manos de capitulares y allegados, no sólo en San Luis. Y si muchos se adueñaron de leguas y leguas de dudosa propiedad, no fueron menos los que evitaron manchar sus abolengos con tiznes de infieles o contrabandistas.
Evidentemente, nuestros capitulares no se caracterizaron por su actividad. A duras penas se reunían el primer día del año, para practicar la elección obligada. Y con tanto o más esfuerzo volvían a juntarse la víspera de la festividad del santo Patrono, para cumplir con el requisito de entregar el estandarte al nuevo alférez real. Pero, en general, a los acuerdos asisten tres o cuatro personas, incluso el teniente corregidor. De los demás, es frecuente que se diga que no están en la ciudad. En 1634 el sargento mayor Marcos Muñoz ordenó que los capitulares "se junten a Cabildo todos los sábados, pena de cuatro pesos, salvo que estén fuera del pueblo, dos leguas para arriba". Y en 1643 el teniente corregidor Bartolomé de Ribas fue requerido por tres veces, en el asiento de las Chacras, para que asistiese al Ayuntamiento.
Difícil resulta determinar dónde se reunían los cabildantes. El 2 de enero de 1634 lo hicieron "en la chácara del sargento mayor Pedro Pérez Moreno, como una legua de la ciudad", y en 1684 "en nuestro lugar acostumbrado", sin agregar otra referencia.
Varias anotaciones indican que las casas para el Cabildo estaban en construcción. A ellas se aplica parte de las penas establecidas por el Ayuntamiento, aunque no se guardan documentos que demuestren la percepción de esas multas.
En el acuerdo del 3 de junio de 1636 se expresa: "esta ciudad está sin casas de Cabildo y es razón que se hagan; todos unánimes y conformes dijeron que se acaben las casas de Cabildo que están empezadas y se ponga por obra luego que acaben de sembrar, para lo que se juntarán y repartirán lo que cabe hacer a cada vecindad, y cómo se les ha de dar de comer a los indios que trabajaren, y se cobrarán las condenaciones que se deben para el Cabildo, y mandan se haga memoria de ellas y se traiga para proveer justicia". Sin embargo, a fines de 1650, se testimonia la pobreza de la ciudad diciendo: "pues se ve que no se han podido hacer unas casas de Cabildo".
En diversas oportunidades, los capitulares trataron de arbitrar recursos. Así, en 1627, dispusieron que no se cortase madera sin la debida autorizaci6n, medida que alarmó al Cabildo mendocino por el "gran daño" que ocasionaría a las ciudades de Mendoza y San Juan, que era donde se la aprovechaba. En 1649 volvieron a ocuparse de ese engorroso asunto, manifestando "que los Cabildos atrasados trataron y pusieron en ejecución, habida consideración a que los vecinos y moradores de esta dicha ciudad están tan imposibilitados y necesitados por la falta de comida para poder acudir a las obras públicas, como son de la iglesia matriz de esta ciudad que está por hacer el campanario y estribarla y las casas de Cabildo que están empezadas, y ser imposible que esto se pueda hacer y acabar sin ayuda de los troperos de carretas, que pasan cada día, así de la provincia como fuera de ella, atendiendo a que los susodichos llegan a esta ciudad y en ella y su jurisdicción cortan la madera que quieren y hacen carretas y llevan sus carretas con ella para sus granjerías cargadas de rayos, camas, ejes y mazas y todo lo demás de madera que quieren y que en esto no se les impide; y así, atendiendo a que no se les hace agravio, ordenamos que todas las tropas de carretas que vinieren de vuelta de viaje, de cualquier calidad que sean y de cualesquier personas, si trajeren veinte carretas (trabajarán) diez tapias, y por este tenor se vaya siguiendo, aplicando en esto al beneficio de las obras públicas dichas y aumento de esta república".
Ante el reclamo de los vecinos y moradores de San Juan y Mendoza, el Corregidor Juan Ruiz de la Cuesta ordenó suspender tales servicios por los daños y gastos que ocasionaban a los carreteros, pues se huían los indios compelidos al trabajo de tapias, se perdían bueyes, mulas y caballos y "de ordinario faltaba el mantenimiento" en la ciudad de San Luis. Los capitulares puntanos, si bien acataron la orden, no dejaron de hacer presente que en Córdoba, "siendo tierra tan abundante", se ha dado para propios de la ciudad la madera que hay en su distrito y que en Buenos Aires las carretas que van con vino deben trabajar en las obras públicas.
El Cabildo de Mendoza, por su parte, había prohibido a los sanjuaninos sacar barro del que se empleaba para hacer vasija s para el trajín del vino.
Multiplicadas las haciendas en las tierras del sur, San Luis debió soportar las incursiones de sus vecinos, "sin embargo de tener otros medios de sustentarse, como son las minas, viñas y sementeras". El Gobernador de Chile don Tomás Marín de Poveda determinó, en 1691, que quienes se internasen a vaquear debían pagar un quinto al Cabildo de San Luis, impuesto ilusorio como tantos otros.


El hombre de la Punta
El camino tornó andariego al puntano. Pero también lo hizo volvedor. La sierra lo aquerenciaba, con su hilo de agua, sus maicitos, sus árboles tutelares. Y el caballo le daba a beber horizontes de libertad. Cosa que, si no -está escrita con tinta, lo está con sangre heroica. Sin que le falte la floración de una copla o una tonada.
Anda el puntano. Ahí está, para certificarlo, el ir y venir de los cabildantes y los tenientes corregidores, que no pueden salir de la jurisdicción sin licencia. Pedro de Reinos o va al puerto de Buenos Aires; Juan de Escudero a Córdoba, a San Juan y a Chile; Marcos Muñoz a Chile y a San Juan; Melchor Fernández Crispín atraviesa las pampas para ir a topar a su familia; Juan Gómez Isleño frecuenta San Juan y llega también hasta el Río Cuarto;Bartolomé Díaz viaja a Mendoza; para curarse; Diego José Olguín no descuida sus negocios al pie del Andes
El puntano -indio o criollo- es aparcero de la huella.
Va con las carretas, para arriba y para abajo. Se adentra en las pampas detrás del ganado cimarrón o para renovar la porfía de los antepasados, marchando hacia adelante. Siempre tiene algo que preguntarle al viento, a la nube, a la arena, al pasto, a la estrellas. Y deja su mensaje tanto en la ribera remota como en la ciudad empinada. Los trajines del gobierno se le hacen cuesta arriba.
Patente se ve hasta en el desempeño del alferazgo real. En el acuerdo del 8 de mayo de 1647 dicen los capitulares:
Algunos años atrasados han salido nombrados los alféreces reales de esta ciudad para sacar el estandarte el día del señor San Luis, patrón de esta ciudad, y su víspera; y algunas personas, no tendiendo a la obligación que tienen de sacarle saliendo electos por este Cabildo, se ausentan y no acuden a sacarle; y así para remedio de lo dicho y para de aquí adelante no sean osados a faltar estos días, acordaron de hacer este auto para ahora y para adelante; y así mandamos que ninguna persona de las electas para aquel día falten o sacar1e, pena de cien patacones para la fábrica de las casas de Cabildo y privación de oficio real por cuatro años a los que lo contrario hicieren".
No sólo se eludía sacar la enseña: también se dejaba de acompañarla, así lo revela un auto de fecha 24 de agosto de 1689, en el que el alcalde Lorenzo Muñoz de Aldana dice: "Habiendo visto que muchas personas se excusan de acompañar el real estandarte, como vasallos del rey nuestro señor, y porque ninguno es reservado en semejantes días de subir a caballo y acompañar el real estandarte, por la presente mando que todos los vecinos y moradores de esta ciudad y pasajeros que al presente están en esta ciudad suban a caballo y acompañen el real estandarte, pena de cuatro pesos aplicados a la cámara de su majestad y gastos de obras públicas por mitad y diez días de cárcel". Sin embargo, numerosas referencias demuestran que, más allá de formulismos y protocolos, el puntano amaba su tierra y la defendía no sólo del indio rebelde sino también del intruso y el ventajero. En ese sentido es notable la proficua labor de hombres como Marcos Muñoz, Pedro Pérez Moreno el Viejo, Juan Gómez Isleño, Rodrigo de Narváez, Francisco Díaz Barroso y Lorenzo Muñoz de Aldana.
y conste que en esta somera y muy limitada enumeración incluimos tanto a los hijos de la tierra como a los que se consubstanciaron con ella, enriqueciéndola con el esfuerzo de su carne y de su espíritu.
Hubo, sí, rencillas y enconos, nutridos muchas veces por los escabrosos y repetidos juicios de residencia a que eran sometidas las autoridades al investigarse la labor de los corregidores. Pero esos mismos resquemores son señales del fervor de la sangre enamorada del terruño y capaz de entregarse en obras de concordia y generosidad.
A fines de 1682 el teniente corregidor José Pardo Parragués, enfermo en Mendoza, informaba al corregidor que, desde San Luis, algunos capitulares y muchas personas le habían llamado "con todo aprieto" para que se hallase en las elecciones, "por estar dicha ciudad en bandos y esperarse para dichas elecciones muchos ruidos y disensiones". Más notable y digna de recordarse nos parece la exhortación que solía dirigirse a los capitulares antes de que expresasen sus votos: "Que pusiesen sus ojos en Dios y hiciesen sus elecciones en paz y quietud en personas que vean por el bien y útil de esta república". Exhortación que, a veces, el escribano de Cabildo asienta de esta manera ejemplar: "Nos pidió, de parte de Dios y de su majestad, hagamos alcaldes que mantengan la república".
En esa fe que busca "mantener la república" por los caminos- de la paz y la quietud, finca el valor moral del puntano. y no sólo en el siglo XVII.


Vecinos y moradores mencionados entre 1600 y 1650
Alvaro de Acosta -Juan de Acosta Acuña -Martín Alonso del Rincón -Juan Amaro de acampo -Domingo Amigo Zapata -Juan de Benevides -Pedro Bravo -Juan Bravo de Naveda -Agustín Bustos -Bartolomé Bustos - Diego Bustos -Juan Bustos -Alonso de Caravajal -Antonio Chacón -Jerónimo de Chávez -Bartolomé Díaz -Juan Díaz -Francisco Díaz Barroso, el Viejo -Francisco Díaz Escudero -Francisco Domínguez -Francisco de Eraso - Juan Escudero de Aldana -Francisco Felipe -Valentín Fernández de Córdoba -Melchor Fernándes Crespín -Manuel Fernández Tibel -Diego Flores -Andrés de Fuensalida -Martín de Fuensalida -Juan de Godoy -Juan Gómez Isleño -Francisco de Guzmán -Pedro de Guzmán -Andrés manes de Quiroga -Crispín Jorge -Francisco de Laris y Desa -Martín de Larrea -Gonzalo de Lorca -Bartolomé Maldonado -Remando Martín Cecilio -Francisco de Mena -Antonio Méndez de Sosa -Antonio Moyano Cornejo -Alonso Muñoz -Francisco Muñoz, el Viejo -Francisco Muñoz, el Mozo -Marcos Muñoz, el Mozo -Pedro Muñoz -Diego Muñoz Bohorquez -Rodrigo de Narváez - Pedro de Olivera -Juan Luis Pacheco -Lorenzo Páez -Nicolás Pérez Mella -Pedro Pérez Moreno, el Sargento Mayor -Pedro Pérez Moreno, el Capitán -Juan de Puebla Alonso de Reinoso y Robles -Fernando de Reinoso y Robles -Pedro de Reinoso y Robles -Pedro de Ribas -Francisco Rodríguez de. Gamboa -José Rodríguez de San Pedro-Bartolomé de Rojas -Francisco Roldán -Diego de Salas -Gabriel Serrano -Gregorio Serrano -Antonio de Sosa, el Mozo -Martín Tejeros -Inés de Valencia -Alonso de Videla -Jacinto de Videla -Francisco de Zapata -Rafael de Zárate -Pedro de Zárate Bello.
Vecinos y moradores mencionados entre 1651 y 1699 Melchor de Altamirano -Alonso Bustos -Cristóbal Bustos -Domingo Bustos -Lucas Bustos -Juan Bustos de Varela -Alonso Casares y Godoy -Francisco Chacón -Antonio Díaz -Diego Díaz -Bernabé Díaz Barroso -Francisco Díaz Barroso, el Mozo -Juan Díaz Barroso -Antonio de Eraso -Diego Félix Escudero -Diego Gaitán de Escudero - Pedro Escudero -Bartolomé Fernández -Pascual Fernández de Porres -Jerónimo Flores -Nicolás de Fredes -Juan de Fuensalida -Antonio Garín de Azpeitia -Domingo Garín de Azpeitia -Diego Gil de Ortuño -Juan Gil de Ortuño - Juan Godoy del Castillo -Miguel Gómez Isleño -Bernardo de Igoztegui -Luis Lucio Lucero -Marcelo de Magallanes - José de Mena -Lorenzo Muñoz de Aldana -Juan de Ojeda -Diego José Olguín -Juan Vidal Olguín -Miguel Gerónimo de Orosco -José Pallero -Diego Pérez Moreno -To- más Pérez Moreno -Cristóbal Pizarro -Francisco Pizarro -Marcos del Pozo -Jacinto de Quiroga -Pedro de Quiroga -Antonio Rodríguez Brito -Francisco de Sala- manca -Francisco Salinas -Antonio de Salinas y Narváez -Bartolomé de Sosa -Francisco Tobar -Andrés de Toro Mazote.
En esta lista -que no pretende agotar tan riesgoso tema- no se incluyen los nombres que ya figuran en el período 1600-1650.


FUENTES
Archivo Histórico y Gráfico de San Luis.
Academia Nacional de la Historia: Actas capitulares de Mendoza, Tomo l. Buenos Aires, 1945.
Acevedo, Edberto Oscar: Documentación histórica relativa a Cuyo. Mendoza, 1963.
Cabrera, Pablo: Los aborígenes del país de Cuyo. Córdoba, 1929. Draghi Lucero, J\lan: Introducción (a las Actas capitulares de Mendoza). Buenos Aires, 1945.
Escribania de Gobierno y Archivo General de San Luis.
Espejo, Juan Luis: La Provincia de Cuyo del Reino de Chile, Tomo l. Santiago de Chile, 1954.
Gez, Juan W.: Historia de la provincia de San Luis, Tomo l. Buenos Aires, 1916.
Junta de Estudios Históricos de Mendoza: Actas capitulares de Mendoza, Tomo 1I. Mendoza, 1961.
Montes, Anibal: La43 sierras de San Luis. Córdoba, 1955.
Saá, Victor: El Cabildo puntano. San Luis, 1964.




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