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Afirmación de San Luis en el Siglo XVIII

 

CAPITULO IV

AFIRMACIÓN DE SAN LUIS EN EL SIGLO XVIII

Población de la campaña
Para vigorizar la ciudad de San Luis era preciso aumentar sus pobladores tanto en el escueto recinto demarcado alrededor de la plaza, cuanto en los valles y aguadas propicias. Hablar simplemente de munificencia real es olvidarse de las penurias y los sacrificios que implicaba la ardua empresa de poblar bajo la amenaza de un enemigo que, día tras día, se tornaba más belicoso.
En 1603, a petición del Cabildo, el gobernador Alonso de Rivera facultó al corregidor para señalar chacras, tierras y solares a las personas que quisieran avecindarse en San Luis. Paralelamente se continuó otorgando mercedes y encomiendas, para que el proceso de colonización se efectuase con eficacia.
Todos los confines fueron alcanzados por los tenaces pobladores. Lagunas del noroeste, cerrilladas del sur, apacibles rincones de la sierra tutelar, nada dejó de conmoverse al reclamo del trabajo y del esfuerzo. El indio y el criollo, en función heroica, extendían el vigor de la hispanidad. ! En 1674 Domingo Sánchez Chaparro tomó posesión de diez mil cuadras en la rinconada de San Francisco, hacia la punta de Quine. Ese mismo año Jerónimo de Quirogaobtuvo la encomienda del Morro, con el cacique Juan Cuaiguacuendi. Andrés de Toro Mazote, en 1677, pidió cuatro mil cuadras junto a la sierra de los Comechingones, desde las Sepulturas hasta los Chañares. Juan Bustos y Cristóbal Muñoz obtuvieron tierras en las cercanías de Rumiguasi, en tanto que Alonso Garro poblaba Socoscora y Juan Díaz Barroso los cerros del Rosario.
En Conlara, Toro Mazote mereció otras cuatro mil cuadras en 1695. Y mientras los herederos de Francisco Muñoz defendían sus antiguos derechos, la sierra se poblaba promisoriamente: Francisco Díaz Barroso en Tomolasta, José de Mena en Guanacopampa, Ignacio Gutiérrez en el Cerro Blanco, Miguel de Vílchez en el Rincón de Calancho. No es un reducido grupo de poderosos aprovechando la mano abierta del rey. Es la tierra toda que florece en hijos.
Por eso cualquier enumeración resulta vana, pues hay algo más fuerte y duradero que los títulos de propiedad; La necesidad de prevenir sorpresas de los indios alzados, obligó a establecer en diversos parajes destacamentos militares cuyos integrantes sin dejar de permanecer alertas, cultivaron la tierra y criaron ganados mayores y menores. Así nacieron pequeñas poblaciones, que cobraron más vigor al concentrarse junto a oratorios y pequeñas capillas construidas por particulares. Al mismo tiempo, la toponimia se convierte en encendido testimonio de religiosidad: San Francisco, Renca, Santa Bárbara o la capilla de Mercedes de la Punta del Agua nacen como destellos de fe.
A principios de 1745 el obispo Juan González Melgarejo atravesó la jurisdicción puntana, dirigiéndose a su sede santiaguina. Advirtió entonces cuán necesario era establecer por lo menos dos villas entre el paraje de la Punilla y la ciudad de San Luis. Sus instancias determinaron que la Junta de Poblaciones de Chile propendiese a erigir villas en los lugares denominados Santo Cristo de Renca, Tablas y Pulgas, "para que reducidos en ellas los muchos vecinos dispersos en grandes distancias, lograsen la instrucción en nuestra santa fe, la recepción de los santos sacramentos y demás beneficios espirituales y temporales consiguientes a una población bien reglada".
Para realizar esta empresa fue comisionado el oidor Gregorio Blanco de Laisequilla, a quien el 2 de mayo de 1753 se dieron instrucciones precisas para el mejor cumplimiento de su cometido. Entre ellas figuran las siguientes:
"Que hiciera reconocimiento del paraje de las Pulgas (hoy Mercedes) uno de los destinados a una nueva población, que serviría para resguardar las estancias de la ciudad de San Luis, examinando la calidad de sus tierras, suficiencia de agua y demás que previene la ley, número dé familias y habitantes, bienes de cada uno y voluntad de poblarse en ese paraje o de reducirse a la ciudad de San Luis; y si hallase que en ese sitio concurrían las cualidades necesarias y suficiente vecindario capaz de sostener las invasiones de los indios pampas, eligiera el más acomodado, repartiera solares para la iglesia, obras públicas y casas particulares, tierras para chacras y estancias y eligiera una persona para ejercer en el pueblo la superintendencia y administración de justicia, mientras se le enviase título en forma por el gobierno de Chile; y porque, como el principal fin de estas poblaciones era la enseñanza de los infieles en los misterios de nuestra santa fe, requiera al cura de la ciudad de San Luis pusiera en el nuevo pueblo un sacerdote del clero secular o regular, que supliese su obligación y llenase este ministerio, mientras que por el obispo se diese la providencia conveniente.
Que habiendo sido elegidos para el mismo fin y destino los parajes del Santo Cristo de Renca y de las Tablas, sujetos a la jurisdicción de San Luis, practicara el corregidor el mismo reconocimiento y matrícula y demás diligencias como para el pueblo antes citado. Que en atención a que no debían fundarse nuevos pueblos en perjuicio de los antiguos, hiciese que los tres acordados en los parajes de Santo Cristo de Renca, las tablas y las Pulgas, se formasen en su mayor parte con los hacendados de sus respectivos contornos que eran vecinos de la ciudad de San Luis y procediese de modo que quedasen en esta ciudad los suficientes de los que tenían estancias en su inmediación, a los que obligase a fabricar casas a donde llevasen sus familias, y tuviesen sus hijos, la instrucción y educación cristiana y política."
Blanco de Laisequilla, si bien no concretó la formación de pueblos en las Pulgas y las Tablas o Carpintería, formalizó la villa de Renca y mandó trazar otra, con el nombre de Nuestra Señora de Mercedes, en las cercanías de la Punta del Agua o capilla de los Funes.
También informó que la jurisdicción de San Luis "se extiende ochenta leguas de norte a sur entre dos sierras, que la primera empieza desde la misma ciudad dirigiéndose al norte, y a veinte y cuatro leguas la otra al oriente, principiando rigurosamente de la Punilla, y divide las dos jurisdicciones, de. la referida ciudad y de la de Córdoba". En esta ciudad, las providencias del oidor tendieron a asegurar el buen reparto del agua --constante motivo de rencillas- y a lograr que los vecinos edificasen casa para morar, como estaba mandado.
El cauce religioso
Al fundar la ciudad, Jofré le dio por patrono a San Luis rey de Francia y puso la iglesia matriz bajo la advocación de la Inmaculada Concepción, acaso para hacer más claro el recuerdo de la Medina de Río Seco vallisoletana, donde la Virgen tenía una capilla con ese título. Y aunque en la Punta, durante más de un siglo, no hubo un San Luis de bulto, grande era la difusión de imágenes en la jurisdicción, como lo certifican numerosos documentos.
La Virgen del Rosario acaparó, en forma notable, el fervor de los puntanos, sin que los inventarios dejen de mencionar otras advocaciones, como Nuestra Señora de Luján, la Virgen de los Dolores, Nuestra Señora de Copacabana, Nuestra- Madre de Mercedes o Nuestra Señora del Carmen. Del Hijo de Dios tampoco escasean las referencias, llámasele Señor de la Columna, Señor de la Agonía, Señor de la Paciencia, Santo Cristo o Crucifijo, como el muy famoso de Renca, o blandamente Niño Dios.
San José y Santa Bárbara, Santa Rosa y San Vicente, San Francisco y Santa Margarita, por no citar más que unos pocos, también aparecen mencionados con significativa reiteración. Pero en la somera enumeración no puede faltar el San Antonio de las Baigorrias, tallado en madera, cuya devoción en esta ciudad consta por larguísimas décadas.
Muchas de esas imágenes provenían de otras regiones y se transmitieron, como preciada herencia, de padres a hijos pero, andando el tiempo, también se tallaron en esta provincia.
Como requisito esencial de la fundación, el general Luis Jofré hizo construir la iglesia matriz. Elemental rancho, que los vecinos ayudaban a levantar luego de las mudanzas, robustecido por el cielo de los capitulares y el tesón de los indios que venían a servir. Tanto en el Bajo como en el Talar debe haber ocupado el costado este de la plaza, así como estuvo durante cerca de dos siglos en la plan ata definitiva de la ciudad. Hacia 1650 se trató de dotarla de un campanario y reforzarla con estribos, como consta en las" actas -del Cabildo, las mismas que dicen de lo difícil del empeño.
Fue su primer cura el chileno Eugenio Martínez, según enseña Verdaguer. Pero quien más se distinguió como defensor de los indios fue el presbítero Alonso de Reinoso y Robles, de estirpe fundadora. Debemos a tan prestigioso historiador esta otra valiosa noticia: "El convento dominico de la ciudad de San Luis de Loyola, bajo el título de Santa Catalina Virgen y Mártir. fue fundado, según parece, a principios del siglo XVII por el prior del convento de Mendoza y vicario provincial de los conventos de Cuyo, J. Fr. Acacio de Naveda, quien en 1603 nombró vicario del convento de San Luis al P. Antonio Garcés".
Muchas páginas magistrales escribió el P. Saldaña Retamar sobre la fecunda labor evangelizadora desarrollada por la Orden de Predicadores en toda la jurisdicción puntana. Tanto la toponimia como la devoción popular a la Virgen del Rosario testimonian, aun en nuestros días; esa siembra constante y generosa.
También los mercedarios actuaron en San Luis y aunque su convento se despobló en 1613 por no poderse sustentar, debido a los pocos habitantes con que contaba la ciudad, la advocación de Nuestra Señora de las Mercedes creció como un dique de esperanza puesto a los malones ranquelinos.
En cuanto a la tarea realizada por los jesuitas, ella no ha sido siempre bien comprendida y más de una vez sólo ha merecido comentarios enherbolados, hijo de la pasión banderiza. Tampoco falta quien se atreva a poner en duda la acción educativa que los soldados de San Ignacio llevaron a cabo en esta ciudad. Sin embargo, son varios los documentos que esclarecen tan interesante aspecto de la cultura puntana.
Apoyándonos en ellos podemos afirmar que, a fines de 1726, los herederos del maestre de campo Francisco Díaz Barroso vendieron al Colegio de Mendoza la sala y cuadra de tierra situada al norte de la plaza en 175 pesos, suma que fue pagada el tercio en plata y lo demás en ropa. Desde Santiago de Chile, con fecha 22 de enero de 1732, el Superior Claudio Cruzat escribía al Cabildo de San Luis en estos términos: "Recibí la carta de usías, con la cual me quisieron favorecer, y reduciéndose toda ella a significarme el deseo que tienen usías y toda esa noble ciudad, a que la Compañía haga en ella fundación, proponiéndome los medios para que se facilite la ejecución de dicha fundación; no puedo menos que rendir a Dios las gracias del cristiano celo que abrasa el corazón de usías atendiendo al bien espiritual de todos los vecinos y moradores de esa noble ciudad, que se persuaden se aumentará con la asistencia de los hijos de la Compañía, cuyo fin es cultivar la viña del Señor y llevar y enderezar las almas para que consigan el eterno galardón de la gloria; y por otra parte no puedo menos que apreciar el concepto que usías tienen de la Compañía. Esto supuesto, pueden usías tener por cierto que desde que entré al oficio de Provincial, ha sido mi deseo se efectuase dicha fundación, enterado de los ardientes deseos de usías para lograr en esa ciudad la asistencia de los de la Compañía, pero como los deseos no bastan cuando faltan los medios, esta imposibilidad me ha retardado el ponerlo en planta, porque no teniendo medios para poderse sustentar los sujetos de la Compañía, no podemos empeñamos a hacer fundación, porque bien saben usías que la Compañía, para mantener a sus hijos, no tiene el subsidio de capellanías, misas, entierros, y otros emolumentos que gozan las demás sagradas religiones para mantener a sus religiosos, y faltando estos socorros a los de la Compañía, se ha de buscar lo necesario para vestirlos, alimentarlos y para todo lo que es necesario al culto divino, y el medio de conseguir este alivio es con sus haciendas atendiendo a su cultivo, para que de su producto perciban los efectos para su manutención. Hasta ahora no se ha podido conseguir hacienda, y usías me proponen de la hacienda que tiene prometida el maestre de campo don Andrés de Toro para dicha fundación: si esto se consigue, se abre la puerta para dicha fundación; yo al presente, con sumo calor y eficacia; atiendo ,a este" negocio, solicitando haga la escritura de donación de dicha hacienda, y estén usías seguros que al punto enviaré sujetos que den principio a la fundación que tanto desean usías, que conozco será de mucha gloria de Dios, pero sin dicha hacienda no es posible envíe Padres que principien la fundación, por las razones que tengo propuestas a usías".
Obtenida la donación de la Estanzuela, el corregidor Juan de Oro Bustamante y Santa María dictó un auto en San Luis el 27 de Agosto de 1732 en el que decía: "En atención a que los Reverendos Padres de la Compañía de Jesús se han presentado ante el ilustre Cabildo de esta ciudad con una real provisión en que la Real Audiencia de este reino les da por concedida la licencia de sus superiores para la fundación de su residencia en esta ciudad, con el fin de que se eduquen los niños en la buena política y doctrina cristiana, cuyo medio se conseguirá con la habitación de todos los vecinos de esta dicha ciudad y su jurisdicción, ordeno y mando a todos los vecinos y moradores que dentro de un mes se pongan a edificar casa en la parte que eligiere cada uno, que se le señalará el sitio competente... de lo que resultarán todas buenas consecuencias, así en el bien de las almas como en los niños que aprendan a leer y escribir".
El establecimiento de los jesuitas fue resistido por quienes se consideraban con derecho a las tierras de la Estanzuela, y en la primavera de 1733 promovieron un motín del que no han dado noticias los historiadores. Fue su promotor el sargento mayor Miguel de Adaro, secundado por Francisco Alaniz, quien firmó una petición "por todo el Común de la Falda".
En ese documento se expresa, entre otras cosas: "El Común dice salgan los padres jesuitas del paraje de la Estanzuela, que así conviene al servicio de ambas majestades... y se retiren con sus haciendas a otra parte que si prosiguen quedará esta ciudad sin estas tierras ni se pagarán diezmos a dicha ciudad ni dicha compañía de soldados ni demás gente obedecerán a estos superiores sino a los de Córdoba, que allá se pagarán diezmos y primicias, como se solían pagar... Hoy dichos padres echan a los descendientes del capitán Bartolomé Fernández y a los descendientes de los Garines, todos conquistadores y pobladores de esta ciudad de San Luis, por un hombre que ni advenedizo sino por noticias pedía tierras cuantas había, pedía hasta indios cristianos y pampas, sólo con el fin de querer titular. ..Para que vaya a más esta ciudad, no se han de echar los vecinos y descendientes de conquistadores: ha de dárseles sus tierras pues las han conquistado y defendido".
De este ignorado motín, destacamos que el corregidor Antonio de Escorsa señala "la circunstancia de que los mismos vecinos, juntos con el Cabildo, pidieron y suplicaron al Reverendo Padre Provincial fundase aquí una residencia para la educación y enseñanza de sus hijos".
Significativos nos parecen los datos que suministra el inventario de la biblioteca dejada por los jesuitas al ser expulsados en 1767, formada por más de trescientos volúmenes en latín, romance, portugués, italiano y francés, entre los que hallamos las Guerras civiles de Francia, una Aritmética de Ventallol, los Autos sacramentales, las Musas castellanas y las Obras póstumas de Francisco de Quevedo, las Bucólicas y Geórgicas de Virgilio, las Oraciones de Cicerón y, lo que es más notable, algunos manuscritos de Lógica, Física, Teología y Metafísica, en su mayor parte del P. Francisco Suárez.


Maderas y frutales
Cuando el 9 de agosto de 1593, en la ciudad de Mendoza, el general don Luis Jofré dona doscientas cuadras de tierras en la dormida del Carrizal, a tres leguas más o menos de la Punta de los Venados, lo hace porque don Francisco Muñoz se las pide para en ellas "hacer sus chacras y tener sus ganados". En las mismas razones fundamenta su solicitud el capitán Juan Luis de Guevara, a quien Jofré hace merced de otras doscientas cuadras en el mencionado paraje. La merced de tierras hecha en octubre de 1594 a Juan de Barrera Estrada y a su hijo, parte en el Carrizal y parte en las cercanías del cerro de los Apóstoles o Tiporco, estaba también destinada a poblar dos estancias, lo que demuestra que la ganadería fue la primera ocupación de los vecinos de la nueva ciudad.
A poco andar hallamos un significativo testimonio del quehacer de los pobladores de San Luis. En la primavera de 1595 el capitán don Juan Luis de Guevara vende a Francisco Muñoz las doscientas cuadras que poseía en el Carrizal. Y lo hace por "25 piernas de tijera de 14 a 15 pies de largo y 14 umbrales de dos palmos de ancho y de largo como un eje, toda la cual dicha madera ha de ser de quebracho". De este modo, junto a la ganadería, nace la artesanía de la madera, aprovechando la riqueza de los montes puntanos y para suplir la notoria falta de ese material tanto en San Juan como en Mendoza.
Las cuatro donaciones de tierras más antiguas que conocemos (tres en el Carrizal o Estancia Grande y la otra en las proximidades de los Cerros del Rosario), mencionan la cercanía del camino de las carretas y hacen referencia a las dormidas o paraderos donde las tropas solían "hacer noche", atraídas por las ventajas naturales que esos lugares ofrecían, principalmente el agua y el pasto. Estas dormidas o tambos como las denominaban los hijos del Inca, dieron origen a las postas, cuando la esperanza de algún vagabundo echó raíces en la cordialidad del paisaje verde y musical. El laboreo de la madera sirvió entonces a la acuciante demanda de la carretería que debía liberar a. Cuyo de esa prolongada y periódica esclavitud de la cordillera cerrada por las nieves. Bajo la dirección más intuitiva que técnica de los vecinos españoles, los indios puntanos aprendieron a manejar la sierra y el escoplo, la azuela y el martillo, para transformar las generosas y recias maderas del terruño en camas y ejes de carretas, que se armaban en estas mismas tierras, hasta donde llegaban con insistencia los hombres de Mendoza y San Juan, en su trajinar mercantil. La toponimia puntana ha guardado alguna lejana referencia a esta primitiva ocupación de los moradores de San Luis. El lugar de la Carpintería, en las proximidades de la Piedra Blanca, denominóse también las Tablas, señal inequívoca de que la industria o la artesanía de la madera floreció antaño en esos parajes.
Cuando el Protector de los indios naturales don Juan Vidal Holguín, en nombre de Julián Colocasi, reclama por suyas las tierras de San Francisco o de Chutunso, como se nombraban en el idioma de su tribu, expresa que el capitán Sánchez Chaparro -quien las pidió en merced- enamoróse de su amenidad cierta vez que desde San Juan llegó hasta ese valle en busca de maderas para carretas.
Los bosques puntanos brindaron la primera y cordial moneda de muchas transacciones, así como alimentaron la codicia de tantos transeúntes. Porque las lentas tropas que atravesaban la jurisdicción de San Luis se daban tiempo para que sus peones y troperos hicieran buen acopio de madera labrada, sin que de nada valiesen las disposiciones del Cabildo puntano, que con insistencia protestaba contra ese avance que en nada beneficiaba a los pobladores de esta ciudad.
Mientras las hachas abatían los robustos algarrobos, quebrachos y caldenes, otros eran los árboles que comenzaban a desplegar al viento recio sus banderas vegetales...
Difícil, por no decir imposible, resulta reconstruir ese progresivo y cordial itinerario, sobre todo si se tiene en cuenta que los archivos de San Luis guardan muy pocos papeles anteriores a 1700. Ellos muestran, sin embargo, que junto a los fragantes molles, a los retorcidos espinillos, a los espinudos talas y a las gráciles y humildes cañas -sin olvidar, por cierto, a las ubicuas jarillas y a las musicales palmeras, que orlaban tanto el faldeo de la sierra en los Papagayos, como los rincones soleados de San Francisco-- el terruño se iba enriqueciendo con otros árboles útiles, como el sauce, el durazno y la higuera. Esta última, particularmente, constituyó uno de los puntales de la modesta economía puntana. Con la algarroba, los higos ofrecieron el alimento de muchos días y de interminables años. Y fueron también el elemental producto del trueque, abriendo horizonte a otras actividades más remunerativas.
Entre 1700 y 1800 los documentos consignan asimismo otros frutales, cuya minuciosa enumeración tal vez no ha de resultar superflua. A la par de duraznos y de higueras, numerosos y frecuentes, figuran también -aunque en menor cantidad- manzanos, membrillos, nogales, granados y ciruelos, a los que hay que agregar todavía perales, albaricoques, guindos, olivos y almendros.
Don Victoriano Jorge Couto -un portugués avecindado en la ciudad de San Luis- dejó al morir trece parras de uva moscatel, según se anota en el inventario de sus bienes, hecho en 1752. Pero un documento de 1805 revela antecedentes notables con respecto al cultivo de la vid: nada menos que 3568 cepas poseía don José Ignacio Fernández, quien era dueño además de dos higuerales con doscientas y tantas plantas frutales, es decir, productivas. Y no se piense que sólo en la ciudad se cultivaba la vid.
Ella prodigaba la alegría de sus racimos -unas veces en parrales y otras en braceros o espaldares- en todos los rumbos de la campaña puntana: en San Francisco y la Arboleda, en Quines y en San José, en La Cruz y en la Estancia Grande. En este paraje -aquel Carrizal de las primeras mercedes jofrecinas- en 1801 don Prudencio Miranda era dueño de una viña con 166 cepas, en tanto que en su propiedad del Durazno y al cuidado de don Lázaro Barroso, había otras 24.
Como denominación de un paraje cercano al río Conlara, el sauce aparece mencionado -en papeles de 1712. En cuanto al álamo, es probable que su introducción en San Luis se deba al infatigable patricio don Tomás Baras. Según su propia afirmación, los primeros que se cortaron en esta ciudad, en 1824, fueron los que él mismo plantó. Sin embargo, conviene recordar que en diciembre de .1822, al hacer el inventario de la estancia de la Guardia del Morro, se anotaron entre los bienes de don Juan Esteban de Quiroga algunos frutales y doce álamos delgados.
Algo más sobre agricultura
Muñoz y Luis de Guevara -este Luis es apellido- solicitaron las tierras del Carrizal para hacer sus chacras. Posiblemente el cultivo inicial haya sido el maíz; pero al año siguiente Muñoz pidió también un solar en la ciudad para construir un molino, aprovechando las ventajas del Bajo. Los pobladores que se diseminaron por la jurisdicción puntana buscaron siempre la proximidad del agua para asegurar, en cierto modo, el éxito de las sementeras. De ahí arranca el crecimiento de algunos pagos apacibles y fecundos, como los del Saladillo, de Conlara abajo, de las Cortaderas, de la Piedra Blanca, de la Punta del Agua o de la Larca. Este mismo nombre de Larca -que 'algunos han supuesto aborigen- recuerda el quehacer agrícola de los antiguos moradores de esa hermosa región serrana. Porque Larca fue en un principio la arca. Y esta voz arca- española, que no indígena- equivale a lugar desde donde se distribuye el agua, acueducto, reguera o acequia, si la reducimos a nuestro paisaje criollo.
Los traslados de la ciudad, que tuvo dos ubicaciones anteriores, habrían obedecido a la necesidad de buscar tierras más aptas para las huertas, pues al no tener en el recinto de ella medios para subsistir, sus habitantes la desamparaban para dedicarse a las faenas de las estancias y las chacras. En 1636 el Cabildo ordenó que todos los vecinos y moradores de esta ciudad viniesen a poblarla; pero los notificados se negaron a ello, aduciendo que estaban sembrando. Los capitulares, sin embargo, insistieron en que era justo que la ciudad se poblase y que todos los vecinos y moradores, hombres y mujeres, viviesen en ella, resolviendo en definitiva "que asistan a hacer sus sementeras, que cuando mucho se ocuparán veinte días en acabar todos, y como fuesen acabando se vengan 'a esta ciudad y la tengan poblada". Un año después, el alcalde Juan Gómez Isleño fue de parecer que saliesen tres o cuatro hombres a traer algunos indios para aderezar la iglesia "y para sembrar maíz y rezar". Diversos documentos de los archivos puntanos ponen de relieve la preocupación de los cabildantes por asegurar el beneficio del agua a todos los pobladores de la ciudad.
Generalmente en el mes de septiembre, "por estar próximo el tiempo de las sementeras de maíz y otras legumbres", según se expresa, el Cabildo ordenaba acondicionar las hijuelas y cerrar todos los desagües no autorizados.
Entre esos otros cultivos a que se dedicaban los vecinos, es preciso destacar el zapallo, al que no vacilamos en asignar una importancia semejante a la de los higos en la economía del hogar puntano.
Así lo certifica, por ejemplo, el testamento de doña Agueda Rodríguez de Pedernera, vecina del río de Conlara, quien dio al indio Pascual tres almudes de zapallo charque para que se los vendiera. Y entre los bienes que don Gabriel de Aguilera poseía en 1742 en el paraje denominado Cabeza del Novillo, figura una chacra de maíz y zapallos. Si bien las pruebas documentales son escasas en el siglo XVIII, después de 1810 existen noticias por demás interesantes, que podrían servir para un estudio particular de este verdadero señor de las huertas de San Luis.
El informe que Sobremonte escribiera en 1788 para describir la Intendencia de Córdoba, suministra valiosas referencias:
"Las labranzas, cultivos, frutos y especies que hacen el ordinario alimento de los habitantes son el trigo y el maíz, y en las ciudades del partido de Cuyo las frutas de que abundan sus chacras y huertas, señaladamente brevas, higos, duraznos, peras, pues en la estación que se dan, toda la gente pobre, que es el número mayor, las recoge para su sustento . diario, y aún los más recogen las que pueden conservarse en el invierno para lo mismo. El trigo lo usan en pan, habiéndose extendido más este alimento en los tiempos presentes que cuando abundaba la carne; el de más pequeño grano, o inferior, lo emplean cogido con la carne; del maíz hacen el mismo uso y también en los guisos, cocido entero cuando está tierno, y desgranado cuando se halla más duro el grano. En San Luis no se cosecha trigo, porque no tienen molino alguno en qué reducirlo a harina.
En todas las jurisdicciones se cultivan las habichuelas o judías, que llaman porotos, y la calabaza que conocen con el nombre de zapallo, y uno y otro es por su abundancia alimento de la gente pobre.
En las más partes se dan bien las habas y guisantes que llaman chauchas."
Podemos completar estas noticias de Sobremonte añadiendo que, en diversas épocas, San Luis tuvo molinos de trigo en esta ciudad, en Renca, en Merlo y en las Tapias. De este último Que perteneció a don Agustín Giadas y estuvo al cuidado de don Francisco Goda-'-- ha quedado una valiosa descripción debida a la infatigable pluma de aquel puntano ejemplar que fue don Marcelino Poblet.
Finalmente, diremos que ya en 1725 los puntanos cosechaban sandías. En cuanto a los melones, también los mencionan los viejos papeles, aunque varias décadas después.


Noticias sobre ganadería
Rica era la jurisdicción puntana en especies silvestres como guanacos, avestruces y venados. Mas aunque ellas hayan resuelto el problema de la alimentación de los primeros pobladores, nuestro particular interés radica en los ganados mayores y menores que, por existir en Mendoza y en San Juan al tiempo de la fundación de San Luis, por esa misma época -si no antes- deben haberse multiplicado en esta región.
Una vez más la toponimia viene en nuestra ayuda. Hallamos así, en antiguos papeles, los parajes denominados la Majada y Cuchicorral. Si el primero prueba la existencia de cabras y ovejas, el segundo que certeramente el P. Luis Joaquín Tula tradujo por Chiquero- certifica que los cerdos también brindaron su aporte a la economía puntana. Con respecto a este tosco pero rendidor animal, recordaremos que su proliferación en esta ciudad constituyó una permanente preocupación para los capitulares, que con reiterados bandos de buen gobierno trataron de confinarlo al Río Seco.
Asimismo, su crianza se extendió al sur del Saladillo y en las riberas del río Quinto.
Las mulas, criadas principalmente en las cercanías del Morro, Paso Grande y Saladillo, fueron el más preciado artículo de comercio con las provincias del Norte, hasta que el ganado vacuno se puso, por así decirlo, al alcance de la mano.
Pero es el caballo el primero y más valioso elemento del hombre de esta tierra. Las disposiciones reales establecían que todos los vecinos debían hacer sus casas y tener armas y caballos .para acudir a lo que se ofreciere en servicio de su majestad. Don Juan de Adaro, corregidor de Cuyo, autorizó en 1633 al teniente de corregidor de San Luis, sargento mayor Pedro Pérez Moreno, para que en persona saliese a las pampas, fuera de su jurisdicción, a mandar . recoger caballos para el real servicio. Desde entonces, los caballos abundaron en San Luis, sin que el Cabildo dejara de recomendar "que no se quiten a los indios". Sobremonte, en 1785, estimaba que el ganado caballar de la Punta superaba las 15.000 cabezas, en tanto que San Juan tenía cerca de 9.000 y Mendoza no pasaba las 1.500.
Algunos años después don Francisco Gutiérrez se convierte en el primer poblador de la frontera del Bebedero, en cuyos campos se multiplicaron 400 vacunos y una potrada que había traído de la jurisdicción de Buenos Aires. Desparramados por esas vastas llanuras, los ganados proliferaron hasta el punto de llamar la atención de los mendocinos, que realizaron frecuentes incursiones para apoderarse de la hacienda cimarrona.
En 1725 las autoridades ordenaron que no debía darse caballos a los indios, por el peligro que podían significar. Pero ya era tarde: criollos e indígenas se robaban mutuamente ese valioso auxiliar de pelea, cuando no lo cambalacheaban por ropas, 'aguardiente, frenos o cuchillos, en los frecuentes tratos en el paraje de las Pulgas o más al sur, donde los guaicos atesoran el espejo argentado de sus aguas.
El capitán Pedro de Fuentes Pavón, teniente de corregidor de San Luis, en el cabildo del 22 de noviembre de 1650 pidió licencia para ir a la jurisdicción de Buenos Aires, "por estar pereciendo SU casa y la gente de indios y chusma, por falta de comida, que no la hay en esta ciudad". Aunque estas palabras no deben ser tomadas al pie de la letra -pues era corriente entonces magnificar ciertos problemas para encontrar una justificación al proceder de los capitulares o de sus allegados- ellas revelan, a nuestro entender, la iniciación de las recogidas de ganado y vaquerías, que tanto modificaron el vivir puntano.
Algunos pobladores fronterizos, como los Quiroga y los Pérez Moreno, comenzaron bien pronto a internarse en las pampas, al amparo del ascendiente que tenían sobre los indios, originado a veces por vínculos de sangre.
Empezaron así las recogidas de hacienda cimarrona, tarea que si en un principio sólo tendió a poblar las estancias de San Luis, no tardó en convertirse en pingüe negocio para quienes se atrevieron a llevar a Chile o al Litoral tanto el ganado en pie como los cueros y el sebo de los animales faenados en las mismas pampas.
Pasada la estación de los fríos, se comenzaba a organizar la tropa, integrada por diez o doce peones, según la fortuna de la persona que encargaba la vaquería. Los documentos prueban que esas entradas eran, generalmente, costeadas por gente rica de afuera: de Chile, de Mendoza, de San Juan y de Córdoba. En contadas ocasiones participaban personalmente en la vaquería. La responsabilidad corría por cuenta de un vecino de San Luis, capaz y activo, baqueano de la tierra adentro, que con el título de mayordomo, dirigía la peonada y arriesgaba el cuero, para decirlo con la palabra justa.
Se llamaba Francisco de Tobar, José González Pallero, Francisco Díaz Barroso, Luis Chirinos, Baltasar de Miranda, Jacinto de Quiroga, Nicolás de Fredes o Luis Lucio Lucero, y era el terruño mismo, el alma prístina de esta tierra, galopando hacia el futuro.
Los peones -raíz del gauchaje- llegaban de todos los rumbos. A los camperos de la Punta, venidos de los senderos y rincones de Guascara, de Pancanta, de lla Isla, del Potrero, de Guanacopampa, se agregaban pardos esclavos,mozos de las Corrientes, indios de los valles cordobeses y otros que, entre revuelos de lazos y mugidos de vacas guampudas, habrán hecho nacer aquel interrogante famoso: "¿De qué pago será criollo?".
Antes de iniciar la marcha, los peones recibían a cuenta de su trabajo diversos efectos, que suplían algunas de sus necesidades: ponchos, lienzo, bayeta, frenos, tabaco, espuelas, cuchillos y, a veces, unos pocos reales. Así aviados –por eso la persona que adelantaba el dinero para la empresa se denominaba aviador- los hombres se internaban en las pampas, llevando cada uno de diez a veinte caballos para su servicio. Cuando el capataz o mayordomo no disponía de tantas cabalgaduras como necesitaba su peonada las alquilaba, generalmente a razón de doce reales por caballo, saldando la cuenta con vacas cimarronas. Este alquiler se denominaba flete y de ahí proviene, seguramente, la costumbre muy criolla de llamar flete a un buen caballo.
Más no se piense que era sólo una tropa -diez o doce hombres y un centenar o dos de caballos- la que cada temporada salía a vaquear. Los viejos papeles de nuestros archivos nos hablan de cinco, de diez, de quince tropas que, anualmente, se desparramaban por la inmensidad de las pampas, en busca de ganado salvaje. ¿ Y cuántas vacas recogía cada tropa? Término medio, cinco mil. y eran nada más que vacas, como expresan los contratos, "buenas de dar y recibir, sin lesión de todo ni vacas viejas", las cuales, sin embargo, también eran parte de la vaquería. Porque además de los interesados en el vacaje para pasarlo a Chile o a Córdoba, había gente que se dedicaba exclusivamente a "hacer sebo y grasa", es decir; que en el mismo campo mataba el ganado para acopiar esos productos. En esos casos, la tropa se formaba con mulas o carretas, que volvían atiborradas.
Detrás del ganado cimarrón los puntanos recorrieron distancias asombrosas. Los documentos dan fe de que llegaron no sólo hasta la sierra de la Ventana, en la provincia e Buenos Aires, sino que trabaron contacto -en más de una ocasión nada cordialmente- con los indígenas que habitaban el litoral atlántico. Hacia el este, también el paisaje pampeano era familiar para los jinetes de San Luis, pues muchos apartes de hacienda se hicieron en el valle o pago de Melincué.
Cuando los aviadores eran cordobeses, los ganados se conducían a los fértiles campos del Río Tercero, atravesando la sierra a la altura de la Estanzuela, camino que más tarde, en tiempos de Sobremonte, utilizaron los correos que, desde la ciudad de Córdoba, llegaban hasta el mineral de la Carolina. Precisamente a este paraje -que se tornaría famoso por sus minas- eran llevadas las haciendas para invernar, empresa a la que se dedicó con preferencia don Luis Lucio Lucero, cobrando por ello el 16 por ciento.
A mediados del siglo XVIII don Juan de Quiroga manifestaba que "hay muchos que se entran por la jurisdicción, comprando vacas, mulas o caballos, ovejas, carneros, chivatos y lana", y pedía que no se permitiese vender vacas, por cuanto iba en desmedro de San Luis. También los vecinos del río de Conlara, en 1757, solicitaron la creación de un impuesto para las "tropas de mulas que pasan vendidas para el reino del Perú y tropas de vacas que pasan para Mendoza, San Juan y otros reinos". Por entonces se afirmaba "que la decadencia de ganados proviene de las cuantiosas tropas que de la jurisdicción de San Luis se extraen para las provincias del Tucumán y para la otra banda de la cordillera".
En 1785 se prohibió sacar ganado para Chile y al año siguiente Sobremonte recomendó que no se impidiese "el tránsito,de ganado para abasto de Mendoza, así como de allá vendrán trigos y harinas". En este comercio estaban incluidas las vacas, pues lo que el marqués tenía prohibido "es la saca del hembraje fuera de la provincia, lo que no se altera porque vaya a Mendoza, como ciudad que corresponde a este Gobierno".
Actividades comerciales En el informe que dirigiera al virrey Loreto en 1785, Sobremonte expresa que en San Luis "el terreno produce cuanto se quiera, pero es tal la desidia de las gentes de aquellos campos, que sólo recogen lo indispensable de 108 frutos para la vida frugal que generalmente tienen, y en que son casi iguales los de las demás jurisdicciones de la provincia", es decir, de la intendencia de Córdoba.. integrada también por San Juan, Mendoza y La Rioja.
"Su industria -prosigue Sobremonte- se reduce a que las mujeres trabajan ponchos y frazadas que se conducen al reino de Chile, y retornan lencería y otros efectos en cambio".
Las tejedoras puntanas, con sólo cambiar los peines de sus telares, hacían ponchos y tapetados, chuces y pellanes, bayeta y picote, cuyos colores provenían casi exclusivamente de los elementos tintóreos del terruño, que Sobremonte pudo describir merced a la paciente observación de aquel secretario singular que fue para él fray Elías del Carmen, filósofo y naturalista. Anota el marqués que "tiñen de azul con añil, de amarillo con una yerba que llaman chasca, de encarnado con una raíz que hay en las sierras y para hacerle subir el color le mezclan grana, el negro con el tinte que sale de un árbol que se llama molle, el verde con otra yerba que se llama romerillo, y el anaranjado con hollín y la dicha yerba chasca".
Paralela a la tejeduría, aunque en menor escala, se desarrolló en la jurisdicción puntana la artesanía del cuero, como complemento indispensable de la vida de campo y a la vez como pequeña industria. El padrón de 1812 -galardón de la historia de San Luis- registra curtidores, lomilleros, trenzadores y petaqueros en distintos lugares del terruño, como el Rosario, Renca, el Pantanilla, Guzmán, Piedra Blanca, el Morro y la Estancia Grande. Pasada la floreciente época de las vaquerías, los ganados mayores y menores continuaron siendo la principal fuente de recursos de los habitantes de San Luis, a la par que daban particular fisonomía a sus faenas, sus costumbres y su lenguaje. En las últimas décadas del siglo XVIII, la Punta mantenía un activo comercio con las provincias limítrofes, basado principalmente en su producción ganadera. Si Córdoba era la plaza propicia para la venta de mulas -como lo habían sido antes Salta y Tucumán-, los mendocinos mostraban siempre interés por el ganado vacuno de esta región. También las vacas y los novillos puntanos abastecían las poblaciones de San Juan y La Rioja, buenos mercados asímismo para los lanares, que todos los años eran conducidos desde las estancias del Norte.
Además de ganado, San Luis enviaba a esas comarcas, con regularidad, lana, sebo, grasa, jabón y charque, sin que faltasen, de vez en cuanto, algunas cargas de quesos.
Los otros renglones de la producción puntana provenían de los activos telares desparramados por todo el ámbito de la "jurisdicción.
Aunque no tanto como vino y harina, La Rioja, San Juan y Mendoza intercambiaban con nuestra provincia otros productos típicos, tales como aguardiente, higos secos, arrope, conserva de membrillo, alfajores, pasas moscatel, ají, aceitunas y charques de tomate. Por los mismos rumbos llegaban diversos artículos comunes en la alimentación de los habitantes de esta tierra: porotos, trigo y también maíz, cuando las cosechas locales no cubrían las necesidades de los puntanos.
Chile -principalmente desde Santiago y Coquimbo-, Salta y Buenos Aires -con frecuencia por la vía de Córdoba- hacían llegar a la Punta infinidad de productos manufacturados, ultramarinos en su mayoría, a los que se agregaban otros efectos de industria regional muy estimados como las ollas, peroles y fuentones de cobre coquimbino y las cajas o cofres de cedro tucumano, verdadero orgullo de nuestras familias, elemento reemplazado luego por las recias y poco menos que eternas petacas hechas en el terruño.
¿ Qué es lo que no traían a San Luis las arrias y carretas provenientes del este, del norte y del oeste? Asombra, por cierto, la variedad de mercaderías que componían el surtido de las tiendas puntanas, entre las que descollaron, en aquellos tiempos, la de don Ignacio González Pena y la de don Francisco Enrise.
Telas de todas clases -bretañas, angaripolas, puntivíes, ruanes, rasos, lienzos, cotines-; cintas lisas, pintadas y de aguas el apreciado toque daba gracia y realce; pañuelos de mano y "de taparse"; hilos españoles de Córdoba, de Galicia y de León; hilo de plata del Cuzco; botones de nácar, de huesos, de metal, de vidrio y de "barba de ballena;'; medias de seda, rebozos y hasta guantes de gamuza figuran en los prolijos inventarios de antaño. A esto hay que agregar las herramientas -principalmente de carpintería- el menaje de loza y de peltre -precursor del aluminio, que desalojó a los platos y fuentes hechos con maderas puntanas-; cartillas, catecismos y rosarios de palo; sombreros -los de paja o machitos, los blancos, tan codiciados, y los sufridos panza de burro, trabajados en la boca del mortero- sin olvidar los espejitos o tocadores para los desvelos femeninos y el polvo para blanquear transitorias y caducas pelucas masculinas.
Entonces como ahora, los colores influían en la mayor o menor venta de las telas. Por las verdes no había demanda y sólo podía salirse de ese clavo cuando la necesidad obligaba a vestir alguna partida de negros esclavos, de las que con frecuencia se enviaban al otro lado de los Andes.
Aunque en nuestra jurisdicción no dejaron de usarse ponchos y sabanillas de tonos verdosos, hombres y mujeres mostraban preferencias por el color cardenillo o sajón subido, el rosa fuerte y el azul turquí. Claro está que la gracia y la coquetería femeninas no dejaban de asomar también en los encargos de esa época. "Me piden unas niñas -escribe un tendero muy minucioso- que les mande hacer tres rebozos de bayeta de pellón, los dos de color caña e iguales en el dibujo, y el otro, bien de color aurora o cualquier otro que sea honesto". Este color aurora o sajón bajo -por no decir rosado- cedió alguna vez su puesto de preferencia al color nácar, al color flor de romero y, aunque cueste creerlo, también al color pulga.
Por cierto que lejos estaban las pacientes tejedoras puntanas de lograr estos novedosos tonos y matices de embeleco, constreñidas al empleo de yerbas y raíces. Y aunque los comerciantes porteños no dejaban de reclamar por el incierto tinte de los ponchos puntanos, afirmando que no eran "ni azules ni celestes ni blancos", lo innegable es que la jurisdicción de San Luis aportaba "un diluvio" de esas prendas, según la fresca expresión de un despierto consignatario. Y aquí no está de más una referencia al habla popular puntana de esos lejanos tiempos.
Todos los vocabularios indican que ponchada es una cantidad de cosas que podrían llenar un poncho; la palabra equivale, asimismo, a "montón, cantidad grande". En San Luis, en la época a que nos hemos referido, algunos comerciantes emprendedores --como don José Darac- compraban en la campaña todos los ponchos que se tejían por su mismo encargo. Entrada la primavera, salían con mulas y peones a recoger la ponchada -así se lee en los documentos-, que luego era remitida a Buenos Aires o a Santiago de Chile.
Esas cargas de ponchos, esa ponchada de los puntanos, acaso hayan dado al vocablo el sentido de cantidad grande de cosas, de montón, que hoy atesoran los diccionarios criollos.
Una última acotación: cuando los ponchos de San Luis no se podían vender en Buenos Aires por parecer descoloridos o algo chicos, no faltaba quien con ellos hiciera buen negocio en el Paraguay. Aunque tuviera que cambiarlos por yerba.


La lucha con el indio
Según Pastor, el cacique Bagual -"cuyas tolderías se encontraban en la región Sud del hoy Departamento General Pedernera, donde actualmente se encuentran la laguna y el pueblo del mismo nombre"- llevó en 1610 una invasión al territorio cordobés, "incendiando capillas y asesinando a los pobladores españoles". "Algunos años más tarde -.expresa el citado escritor- se produjo el levantamiento de los Calchaquíes, encabezados por el aventurero español Pedro Bohorquez o Chamijo que se había atribuido el título de Inca, pretendiendo ampararse en las prerrogativas y privilegios de tal dignidad para constituirse en soberano de aquella nación".
Este levantamiento repercutió también en San Luis y en 1632 el Cabildo tuvo aviso de que los indios de la comarca habían hecho "armas de cuero y pertrechos de guerra", habiendo reunido también sus caballos con el propósito de atacar la ciudad, circunstancia que llevó a los pobladores a solicitar que no se removiese de su puesto de teniente corregidor al sargento mayor Pedro Pérez Moreno, a quien consideraban su amparo, por tratarse de "muy valeroso soldado y de mucha opinión", también entre los indios de las pampas.
Son muy escasas las noticias sobre la organización militar de los puntanos, por aquella época. Sabemos, sí, que tanto vecinos como moradores tenían la obligación de sustentar armas y caballos; pero en ese año de 1632 se dijo que no tenían "armas de fuego, pólvora ni municiones". Es muy posible que, desde un principio, los puntanos recurriesen a las lanzas, como lo corrobora el hecho de que en 1683 don Juan Vidal Olguín presentó su título de capitán "de a caballos de ligeras lanzas de esta ciudad y su jurisdicción".
En mayo de 1711 el corregidor de Cuyo don Pablo de Giraldes y Rocamora recibió orden de entregar doscientos hombres al maestre de campo don Juan de Mayorga, "para que con ellos entre al castigo de los indios pampas que cometieron las alevosías y atrocidades en las tropas de vaqueros en la jurisdicción de la ciudad de San Luis". Ochenta de esos hombres debían ser de la Punta, por lo que mandó que "ninguna persona, de cualquier calidad y condición que sea, no salga de la dicha ciudad y su jurisdicción, pena de incurrir en la de cuatro años de Valdivia... hasta que dichos ochenta hombres sean entregados al dicho maestre de campo". Esta expedición, que no dio ningún resultado positivo, aparentemente no tuvo sólo carácter militar, pues algunos documentos mencionan que su rumbo fue el de la ciudad de los Césares.
Expresa Pastor que en 1712 los indios "arrasaron la campaña puntana, saquearon sus estancias y asaltaron la ciudad de San Luis, sometiéndola a los horrores de la destrucción y el incendio, después de lo cual se alejaron llevándose numerosos cautivos y gran cantidad de ganado".
Añade que en 1720 "trajeron un malón de grandes proporciones y de nefastas consecuencias para los pueblos de San Luis. Los establecimientos ganaderos de Las Pulgas(Río V), Morro, Renca y Santa Bárbara (San Martín), fueron cruelmente saqueados, sin que los maloqueros pudieran ser molestados ni perseguidos".
A mediados de octubre de 1737 el general don Juan de Bermionsolo, corregidor de Cuyo, efectuó en esta ciudad un alarde general y revista de armas, al que asistieron alrededor de trescientos militares que integraban ocho compañías al mando del maestre de campo Miguel de Vílchez y de los capitanes Tomás Lucio Lucero, Juan de Rojas, Manuel Barroso, Miguel de Quiroga, Francisco Ferreira, Gregorio Díaz Barroso y Marcos Chilote, este último al frente de los naturales. En esta oportunidad, si bien se mencionan algunas espadas y escopetas, las lanzas constituyen la parte principal del armamento.
En mayo de 1739 la gente de armas fue convocada por tenerse noticias ciertas de andar los indios camino del Desaguadero. Bajaron entonces a esta ciudad todas las compañías, excepto la del capitán Miguel de Quiroga que quedó al reparo de la frontera del Río Quinto. Cabe destacar que la no concurrencia se penaba con 25 pesos, si se trataba de un oficial, y con 6 pesos en caso de ser soldado.
Dos años después, en el mes de junio, las compañías marcharon a la frontera, por haber rumor de indios y colegirse que pudieran dar asalto. En esta marcha, además de los militares reformados -dados de baja- intervinieron también "indios, mulatos y demás personas forasteras" que había por los partidos.
El 14 de agosto de 1751 se hizo "en esta plaza real" otra revista de armas, a la que todos los capitanes y cabos concurrieron con sus compañías y sus listas, "cada uno por su pago", incluyendo los milicianos de 16 años para arriba. Como Comisario de la Caballería levantó entonces su bastón don Simón Becerra, por orden del teniente de corregidor don Miguel de Vílchez.
Don Vicente Becerra, maestre de campo y lugarteniente de corregidor, convocó a las milicias a mediados de mayo de 1771 para hacer una entrada a los indios enemigos, para lo cual cada individuo debía presentarse con tres caballos. Para que en esa ocasión "tan precisa para la defensa de la patria" no faltasen cabalgaduras, Becerra ordenó también "sacar los caballos que se hallaren empotrerados, sean de quien fueren". Para los que no concurriesen, estableció las siguientes penas: capitán, traidor al Rey; españoles o reformados, multa de cincuenta pesos; mestizos, indios y zambos, doscientos azotes y destierro por cinco años a Valdivia.
Esta expedición, que tenía por objeto rescatar las haciendas que los indios arrearon de los campos del Bebedero, fracasó como otras veces y no conjuró el peligro de los malones.
Al igual que en 1750, en 1772 el corregidor de Cuyo ordenó "que todas las tropas de carretas que quisiesen transitar para las ciudades de Buenos Aires y Santa Fe, sea por los caminos arriesgados y que en el tránsito más peligroso se junten hasta cincuenta carretas, para ponerse en estado de defensa en caso de que el enemigo les ataque, llevando para este efecto una lanza en cada carreta y las demás prevenciones que puedan hacer para defenderse los dueños de las tropas". En el mismo bando dispuso "porque pudiera acaecer que de paso ejecutasen dichos indios iguales hostilidades en las estancias y fronteras de esta jurisdicción, estarán todos sobre aviso para usar de las precauciones necesarias".
El lugarteniente de corregidor don José Antonio Lucero, con fecha 27 de marzo de 1773, mandó contribuir con reses para la manutención de los indios que constituían la guarnición del fuerte de San José del Bebedero, "por lo menos en los días que se verifiquen las campeadas a que están obligados" "para evitar las repentinas invasiones de los indios enemigos que hostilizan las campañas".
También se destinaban a ese fuerte los caballos que se quitaran "a los hijos de familia noble" que no respetasen el bando que prohibía correr y galopar por las calles de la ciudad.
A pesar de estas precauciones, los indios del sur continuaron frecuentando la zona del Bebedero, pues en ese lugar se reunían los ganados atraídos por el agua abundante. Por ese motivo, a lo largo de la frontera diversos propietarios fortificaron sus estancias, construyendo reductos o defensas de palo a pique, tanto de quebracho como de caldén.
En el Morro se estableció una guardia y en las proximidades del río Quinto se construyó otro fuerte, para asegurar el tránsito de arria s y carretas. Como ya era proverbial, "no "teniendo esta ciudad propio ni ramo alguno de que echar mano para los precisos costos" que demandaba la construcción del fuerte en el paraje del Chañar, se recurrió a los vecinos de toda la jurisdicción, quienes concurrieron "a proporción de sus facultades, cada uno con lo que ha podido gustosamente, contribuyendo con algunos ganados mayores y menores, herramientas y carretas.
A estos trabajos, realizados a fines de 1779, el gobernador de armas interino don Juan José Gatica sumó la revista general que ejecutó a las compañías de milicias, en las que figuraron 1699 hombres, según el siguiente detalle: Clase de Reformados, 69; Compañía distinguida de Nobleza 70; Primera Compañía de Infantería, 70; Segunda Compañía de Infantería, 94; Primera Compañía de la Costa de San Francisco, 62; Segunda Compañía de la Costa de San Francisco, 64; Compañía del partido del Pantanillo, 123; Compañía del partido de la Yerbabuena, 120; Compañía del partido del Paso Grande, 113; Compañía del partido de las Piedras Coloradas, 69; Compañía del partido del Salado, 50; Compañía del partido de Santa Bárbara, 71; Compañía del partido de Guanaco Pampa, 65; Compañía del río de Conlara, 62; Compañía del partido de la Punta del Agua, 82; Primera Compañía de la Falda, 77; Segunda Compañía de la Falda, 95; Primera Compañía del partido de Renca, 79; Segunda Compañía del Partido de Renca, 107; Primera Compañía de la Frontera, 106; Segunda Compañía de la Frontera, 64; Compañía de Naturales de la Frontera del Río Quinto, 27; Compañía de Naturales de la Frontera del Bebedero, 20.
Las milicias puntanas, para castigar las incursiones de los indios, hicieron una entrada en 1786 al mando de don Lucas Lucero y otra en 1792, a las órdenes de don Juan de Videla. En cuanto a los fortines, prácticamente fueron descuidados, hasta que en noviembre de 1808 don Juan Gregorio Blanco, vecino y abastecedor de la frontera de San Lorenzo Mártir, propuso mudar el fuerte a un lugar más adecuado, como media legua hacia el naciente, donde el río Quinto formaba una rinconada y existía un ojo de agua permanente.
A ese paraje del Chañar fue trasladado el fuerte en 1809, conservando el nombre de San Lorenzo y comprometiéndose Blanco a construir, por su cuenta, una capilla para que no faltase el pasto espiritual a más de cincuenta familias que habitaban entre el lugar de las Pulgas y el paso de los Césares.


Algunas tareas del Cabildo
Falto de recursos para atender las obras públicas, el Cabildo no dejó por eso de velar por el adelanto de la ciudad y su jurisdicción. El Padre Saldaña Retamar -que revisó pacientemente las actas capitulares puntanas- dio testimonio de admiración con estas palabras: "Los cabildos y gobiernos coloniales dictaron leyes y reglamentos acerea de abasto, regadío, higiene, comercio, vialidad, docencia, costumbres, moralidad, etc., que el profano llega a dudar por momentos si por ventura se hallara ante un caso de daltonismo agudo, que le hace ver las cosas al revés. Duda si sean las municipalidades, policía o ministerios modernos los que tales disposiciones discurren, los que tan sabios principios asisten. Sin embargo, abre los ojos y convéncese que se trata de asuntos y cosas, de sujetos y entidades actuantes dos o más siglos atrás. Esa es la realidad pura y limpia." Por nuestra parte nos limitaremos a mencionar algunas de las preocupaciones de los capitulares puntanos durante el siglo XVIII, para dar un reflejo de su labor, digna por cierto de un estudio especial.
En octubre de 1701 el Cabildo acordó autorizar la instalación de dos pulperías, aplicadas para propios de la ciudad, las que fueran concedidas por el gobernador de Chile don Tomás Marín de Poveda. En consecuencia, mandaron publicar autos para que las personas interesadas en instalar dichas pulperías pagasen el derecho de treinta y cinco pesos anuales por cada una. Dispusieron, asimismo, "que ninguna persona, de cualquier calidad y condición que sea, no vendan vino ni aguardiente en ninguna casa ni paraje que sea, pena de veinte pesos y pérdida del vino y aguardiente y los géneros vendibles que hubiesen de vender". Al año siguiente determinaron ser conveniente "el que se publique en auto para que todas las personas que vendan vino y aguardiente, yerba, tabaco y todas las cosas que vendieren por peso de balanza, se ponga el precio y se haga medida para que a razón de lo que se les señala se vendan".
Los capitulares impidieron, en 1632, una posesión o amparo hecha al maestro don Agustín de Olmedo, clérigo presbítero del obispado de Tucumán, despachada por el teniente corregidor Juan Jofré de la Barrera, "por ser en perjuicio y menoscabo de la jurisdicción de esta ciudad, de que se siguen muchos inconvenientes: lo primero, el menoscabo de los haberes reales en lo que mira al ramo de alcabala de este reino; lo segundo, el de las rentas decimales y parte que toca a nuestra parroquia, de este ramo; y lo tercero darle la jurisdicción perteneciente a este reino a la provincia de Tucumán, de que puede resultar guerras civiles entre una ciudad y otra, materia muy escrupulosa y digna de todo reparo".
EllO de enero de 1740, con asistencia del corregidor don Juan de Bermionsolo, se reunió un cabildo abierto que resolvió "hacer representación al señor Presidente de las extorsiones y atrasos que se originan por dos o cuatro vecinos de la ciudad de Mendoza, señalados para el matadero de carne cada ocho días, a cuyo pedimento parece y es notorio han puesto los señores del Cabildo de dicha ciudad precio de veinte reales a cada vaca de las que se llevan diariamente de esta ciudad y su jurisdicción, siendo el p







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