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La llave de Cuyo

CAPITULO VIII

 

LA LLAVE DE CUYO


Carne y espíritu de la epopeya
Con justeza, Pastor ha llamado período glorioso de su historia al vivido por San Luis bajo el gobierno de Dupuy. En él fructifican los siglos de valor y privaciones; en él adquiere robustez de símbolo la puntanidad; y en él se dispersan las semillas de todo lo que después vendrá -bueno o malo-- en dimensión de soledad, de silencio y tantas veces de incomprensión. Quien no sea capaz de entender la lección y el mensaje de esos largos y duros años, no sabrá jamás de dónde venía este pueblo y adónde quería llegar y será vano tejer y destejar frente a horizontes ilusorios si el telar y el tejedor no sienten en sí el calor telúrico, que es llama de fe y de constancia.
Don Víctor Sáa -máximo historiador de San Luis en la gesta sanmartiniana- sintetiza con estas palabras el uehacer de tan celoso gobernante:
"La misión que debía cumplir Dupuy fue desde el comienzo muy compleja. Como militar experimentado, puso todo su empeño en reglar eficientemente las milicias y, al mismo tiempo, en contribuir con el mayor número de reclutas para la organización del Ejército de los Andes. Como presidente del Cabildo, debía satisfacer las aspiraciones localistas y de consuno anular las persistentes influencias subversivas que disimulaban su epicentro en Mendoza mismo, y que se hacían cada vez más ostensibles en Córdoba."
Nadie lo dude: Dupuy fue un gobernante duro, aunque "sensiblemente grato con quienes supieron secundario arrostrando toda suerte de penalidades". No vaciló nunca en castigar "con vigor inexorable" a quienes ofendían "la dignidad y el decoro de los derechos republicanos". y no se perdió en laberintos de jueces y abogados, sino que propugnó los sumarios "sencillos y breves". Amaños y tolerancias le repugnan, porque antepone a todo el interés de la patria, que debía salvarse a toda costa. Y trabaja, trabaja con denuedo de titán, porque en ello le va la propia vida.
Junto a él está el Cabildo, no siempre dócil porque "sin duda, los capitulares puntanos, con la misma firme voluntad que sirvieron la causa de la Patria, resistieron la imposición de hombres que -sin duda, también- eran necesarios, en aquella hora incierta, para el éxito, en su unidad de concepción y de acción, del magno plan sanmartiniano".
Serán los cabildantes --como lo sostiene Víctor Saá- "la más auténtica representación de la oligarquía dirigente". Pero, a través de los años, ardorosos o blandos "como una masa", sirven a la empresa común sin que nada se les quede en las uñas y arriesgando, con plena conciencia, hasta el pellejo. Una y otra vez, el amor al terruño se hace flor en los zarzales de la brega: propenden a la concordia entre los funcionarios, claman por una escuela de primeras letras, moderan las tendencias fenicias de los abastecedores, mendigan los reales para la misa con que dar gracias a Dios. Cuando el bronce inmortalice la figura dé Dupuy, el egregio teniente gobernador no estará solo, como no lo estuvo en ningún instante de su ardua labor. Hombro con hombro, la justicia póstuma -la auténtica, la que está por encima de las banderías, la que no convierte a la Historia en fregona de la politiquería- esa clara y serena justicia levantará en el testimonio aleccionador la recia y provinciana estampa de los colaboradores de Dupuy, así como lo pintó magistralmente don Víctor Saá:
"¿ Quiénes fueron esos colaboradores? Fueron hombres del común vale decir, fieles expresiones del sentido común a nuestro pueblo, en aquello que tal sentido tiene de variable, y que, desde luego debe al medio y a la época. Fueron hombres, si se quiere, de buen sentido, en todo aquello que destacó su actuación individual de la colaboración del común; pueblo de personas, no de masas... No fueron doctores. Ni necesitaron serio. Quizá, si lo hubieran sido, habrían fracasado lamentablemente. Fueron hacendados, que afrontaban el regimiento de la comunidad con la misma llaneza e idéntica lealtad con que cualquiera de ellos abandonaba los intereses de su estancia para velar por el bien común, llamáranse Francisco de Paula Lucero, José Santos Ortiz, José Justo Gatica o Marcelino Poblet; eran comerciantes, que pasaban, con inalterable sencillez, de la trastienda de una pulpería a la Sala Capitular, tratárase de don Luis de Videla, de don Matheo Gómez o de don Tomás Luis Osorio; o eran modestos artesanos, que descuidaban el tapial cuyas agujas habían plantado, o la fábrica del muro que comenzaban a levantar, para asistir a los acuerdos del Cabildo, como don Tomás Baras o don Isidro Suasti. Eran hombres curtidos en el trabajo, y eran también, en cierto modo, soldados aguerridos. ..Pero en todos ellos había una nota, un acento, que debemos atribuir a la época y al ambiente; nota o acento que, a despecho del estupor que los embargaría de saberlo, los coloca en el plano de la más auténtica heroicidad -la más desconocida para nosotros-; nos referimos a esa conciencia que tenían de su propia incapacidad para regir o para actuar, en la medida que el largo alcance de su sentido común y de su patriotismo les hacía columbrar."
Para comprender mejor el heroísmo y la grandeza de quienes secundaron a Dupuy en la formidable obra de apuntalar la libertad, y para ponderar sin mezquindades ni ditirambos la patriótica faena de tan singular teniente gobernador, es preciso recordar que, como todos los que tienen la desgracia de regir pueblos, Dupuy halló en su camino desde la piedra que desvía hasta la zarza que desgarra o el abismo que conturba.
Hay que decirlo porque es fácil probarlo: en San Luis también hubo quien se dejó tentar por el reclamo del enemigo a quien se enfatuó con talo cual pequeño servicio hecho a la patria; hubo quien sólo se desveló por incrementar su hacienda y quien se hizo el desentendido ante las desgracias o las necesidades; hubo el que se cansó de dar y el que se aficionó a pedir; hubo el que sembró calumnias y el que cosechó lo que nada le había costado. De todo hubo, porque así fue siempre la vida. Y si no fuera así, ¿ con qué barro se amasarían los héroes? Buen sembrador, San Martín apreció de inmediato la nobleza del trigal puntano. Lo vio levantarse con la gallardía del que no teme darse; lo contempló después en la humillada gracia del que preanuncia el pan; y lo admiró más tarde, con toda la grandeza de su alma cuando no quedó de él más que una sombra parda, a la vera del tiempo molinero.
Quien llamó a San Luis "leal y generosa" hablaba por boca de la Historia. Y tocaba, tal vez sin darse cuenta, el cogollo de la puntanidad.
Dupuy también supo comprender a los puntanos. Por eso se acercó a ellos por los caminos de la religión y el patriotismo, avivando fervores y dando hondura al quehacer cotidiano. En esta ciudad de la Punta, el teniente gobernador fue, hora tras hora, la espada fiel y la chispa comunicativa. Como buen músico que era, tañía todas las cuerdas del alma popular. De cada fausta nueva hizo un revuelo de campanas, un estrépito de fusiles, un baile o una serenata.
Cantó y enseñó a cantar la Marcha de fusiles, un baile o una serenata. Cantó y enseñó a cantar la Marcha Patriótica, se puso a la cabeza de los hombres y las mujeres que salían por las calles a vitorear la Patria, improvisaba cielitos para tornar más donosa la alegría.
Pero no se olvidaba de Dios. Frente a su altar se inclinaba y hacía que todos se inclinaran. Porque a nadie dispensó de esa obligación, fuese patriota o realista. Su celo iba más allá: vigilaba que los soldados cumpliesen, el Jueves Santo, con el precepto de nuestra Santa Madre Iglesia. Así lo escribía y lo hacía pregonar, por cierto que no por mera fórmula.
La pobreza y los sacrificios no privaron a la ciudad de luminarias. Como no la ensombrecieron las noticias de los contrastes ni las amenazas. Porque entonces, tras el redoble de la caja guerrera, la proclama de Dupuy se levantaba como un fuego inextinguible para robustecer esperanzas o reclamar el último sacrificio. Su acento retemplaba el coraje, aceraba la voluntad, convocaba las manos laboriosas.
Y el ángel de la victoria batía sus alas majestuosas sobre la heroica ciudad de San Luis.


El baluarte de la Patria
La tarea de organizar las milicias, en la que se empeñara don José Lucas Ortiz a requerimiento del gobernador Francisco Javier de Viana, fue activamente continuada por Dupuy, quién "regló con método más eficiente el reclutamiento iniciado, llevándolo a un plano admirable de suficiencia militar", como bien lo enseña don Víctor Saá.
Esas fuerzas fueron reunidas por orden de San Martín, ante la incertidumbre de los sucesos de Chile. Pero el 21 de octubre de 1814, desde Mendoza, el comandante de armas don Marcos Balcarce escribía a Dupuy:
"Ya puede usted mandar retirar las milicias a sus casas, con prevención de estar prontas para siempre qué sé necesite; y arreglando usted inmediatamente sus compañías, proponiéndose los empleos que se hallasen vacantes en sujetos de la mejor disposición y de conocido patriotismo. Venga un estado de fuerzas."
Poco después Balcarce insistía en la remisión de un padrón que sirviera de base para la organización militar de San Luis y el 5 de enero de 1815 avisaba a Dupuy que el teniente coronel don Miguel Villanueva pasaba a ponerse a sus órdenes para auxiliarlo en el arreglo de las milicias puntanas, tarea que recomendaba "con todo el interés que empeñan las circunstancias actuales".
El 30 de marzo, Dupuy informaba tener regladas "15 compañías de milicias de caballería, con la fuerza de 120 hombres cada una, que se compone de cinco sargentos primeros, doce cabos y ciento tres soldados". Al mismo tiempo remitía un "Estado de las armas que existen en la Sala de Armas hoy de la fecha", notable por su insignificancia, ya que sólo registra 21 fusiles, 24 Mayo- netas, 24 cartuchos, 5 sables, 3 espadas y 4 machetes. Eso sí: se mencionan 153 lanzas con ásta, para confirmar su tradicional uso entre los puntanos.
Los documentos demuestran que, pasó a paso, Dupuy no sólo venció todas las dificultades sino que también superó su angustia y su incertidumbre ante una tierra y unos hombres que no conocía, pero que no retrocedieron ante ningún sacrificio.
Organizar las milicias fue, como él lo escribió, "un trabajo ímprobo", porque -le faltaron elementos para valorar el caudal humano y las posibilidades de cada población. Sin embargo, secundado con lealtad y diligencia por sus colaboradores puntanos, salió airoso del compromiso, y con trazos imborrables, escribió su nombré en la Historia.
Como se había hecho siempre, los vecinos más prominentes o sus hijos formaron el plantel de oficiales. y por cierto que sirvieron con honor, cuando no escollaron por su intrepidez o su temeridad.
Nombrarlos es limitar la formidable entrega. Porque, lo puntano todo el que al llamado.
Los viejos papeles también dicen mucho sobre la calidad del aporte humano. Así, el 17 de mayo de 1816, en Mendoza, el teniente coronel don Juan Gregorio de las Heras escribía a San Martín:
"Soy de parecer que la compañía de granaderos del 29 Batallón, y por su orden numérico hasta la 4, deben formarse en San Luis, en razón de las buenas tallas que allí podrán proporcionarse, por no haberse hecho saca de granaderos como en San Juan, y que las 5 y 6 se formen en esta última ciudad, para las que cualesquier talla sirve."
En junio de ese mismo año, desde San Luis, el capitán Manuel José Soler comunicaba a San Martín que el 15 había suspendido los ejercicios doctrinales, "por, hallarse ya estos oficiales Instruidos en los primeros movimientos de la caballería". Agregaba que "desde aquella fecha entablé conferencias acerca de las maniobras de escuadrón, en las que algunos -oficiales se han aprovechado en términos de poder explicar cualquiera de las maniobras indicadas", a tal punto que solicitaba se diese por terminada su comisión.
Equivocado estaría quien supusiese que San Luis sólo dio granaderos. Un oficio de Dupuy, de fecha 19 de julio de 1816, revela que por entonces también se disciplinaban tres compañías para el Regimiento Nº 11, aunque no había dinero para socorrerlas ni cartuchos para ejercicio doctrinales.
Finalmente, es preciso mencionar a los milicianos auxiliares, a los que el infatigable teniente gobernador citó en noviembre "para que participaran del honor de acompañar al señor General en Jefe en su expedición a Chile". Milicianos que, en su mayoría, debieron recurrir a mulas mansas por la flacura de los caballos, atrasados por el riguroso invierno y el mucho trajín de los auxilios dados a las fuerzas que marchaban a Mendoza. Oscuros e ignorados milicianos, cuya respuesta es como una medalla sobre el pecho torturado del terruño: "Estamos prontos para el día indicado".
San Luis, que lo había dado todo -la afirmación es de Víctor Saá y se basa en documentos irrefutables- dio también un puñado de esclavos: apenas treinta negros, eficaces y fieles artesanos que empuñaron las armas libertarias para rubricar el sacrificio de una tierra donde todo era posible: desde gloriarse en la miseria hasta salir, de la mano de Dios, a comenzar de nuevo.


El diputado al Congreso
Derrocado por la revolución del 8 de octubre de 1812, don Juan Martín de Pueyrredón fue confinado a San Luis, ciudad a la que llegó en los primeros días de 1813. En su obligado refugio, no sólo se dedicó a mantener vivos sus contactos políticos sino que prosiguió sin desmayos sus actividades comerciales, para lo cual adquirió a don Maximino Gatica las tierras de la Aguada, inmediatas a la Ciudad.
A ese retiro habría ido a visitarlo San Martín, en septiembre de 1814, cuando marchaba a hacerse cargo de la intendencia de Cuyo. Quieren los historiadores que así haya sido. Pero mucho más debe haber significado, para el insomne patricio, la presencia en San Luis de don Vicente Dupuy, aparcero de tantas jornadas heroicas y amigo o hermano juramentado para altas y riesgosas empresas. Con la llegada del teniente gobernador, las puertas del horizonte se abrieron para Pueyrredón y allá, en su estancia de la Aguada, volvió a sentirse el paladín sereno y fuerte, sutil y terco en su trabajar la Patria.
El cerco estaba roto. A fines de noviembre viajó a Mendoza y desde esa ciudad escribió a Dupuy varias cartas que revelan hasta lo que pretende ocultar. "Se había hablado generalmente de los motivos de enemistad que debía haber entre San Martín y yo; y ha servido de Sorpresa el recibimiento que me hizo en público, abrazándome y besándome con ternura fraternal". Así dice a su amigo en una de sus misivas. y aún le recomienda que le conteste "bajo cubierta de San Martín, que está finísimo conmigo". Mas no siempre el texto aparece cristalino. Algo indefinible repta por debajo de las palabras: "Yo no sé de dónde han sacado la noticia de la provisión de esta Intendencia en mí; yo no sé por qué se resiste tanto mi corazón a volver a entrar en el peligro de los negocios públicos". y luego añade:
"Mi destino secreto me ha conducido hasta aquí por fuerza en todos los lances de mi vida; lo dejaré seguir sus caprichos, mientras no me separen de los principios de honor y virtud que forman mi carácter".
A principio de febrero de 1815 Pueyrredón se alejó definitivamente de las tierras cuyanas, estableciéndose otra vez en Buenos Aires, desde donde el meteoro alvearista conmovía las entrañas del país. Allí prosigue su invariable labor de convocar voluntades alrededor de sus proyectos políticos. Sus cartas van hacia todos los rumbos, insinuantes o esclarecedoras, siempre notables. "
La caída de Alvear está marcada en Cuyo por voces rotundas, noblemente aleccionadoras a través del tiempo y del olvido. Así, el cura de Mendoza don Domingo García, en el cabildo abierto del 21 de abril de 1815 declaró que "no siendo regular destrozar unas cadenas para cargar otras nuevas, era de opinión y voto no prestar nueva obediencia a otro gobierno, mientras no fuese instalado por los votos uniformes y libres de la voluntad general", es decir, un gobierno "que fuese elegido por los votos unánimes de los diputados legítimos de todos los pueblos que componen el Estado en toda su plenitud".
Es indudable, sin embargo, que a la vera de ese claro sendero, turbias aguas discurren. Revueltas aguas, portadoras acaso de limos sagrados, pero duras y salobres, como suele ser la gloria, como es ciertamente la libertad que las convocaba. y si no aceptamos esto, difícil será comprender cómo fue aquel proceso, a ratos tumultuario, que culminó con la elección de don Juan Martín de Pueyrredón como representante de San Luis en el Congreso de Tucumán. La voluntad general no tiene el rostro abierto de la concordia.
Hace su áspera vía con la frente nublada y sudorosa, con la mirada anhelante, con el labio que vacila entre la imprecación y el ruego. Pero avanza. y crece y sube hasta plenitudes más excelsas que las soñadas por quienes tuvieron el coraje de levantarla como lábaro de redención. Así la vemos ahora en las jornadas de Mayo. Y así debemos enseñar a verla en los acuciados días de Julio.
Conocida la decisión del pueblo mendocino, Dupuy mueve también las piezas del formidable juego, para que el vecindario reconozca la autoridad de Rondeau y confirme a San Martín en el mando de la Intendencia. Según el acta labrada el 5 de mayo de 1815, San Luis rechazó también la renuncia de su teniente gobernador. Pero esto, al decir de varios vecinos de la ciudad y la campaña, sólo fue un artificio que puso en sus manos la llave maestra para encauzar Y acriminar por rebeldes y facciosos a los que no quisieron consentir en su reelección.
Una semana después, el Cabildo puntano difundió una proclama para prevenir a los habitantes contra los "hombres revoltosos" que trataban de sembrar entre ellos la discordia. Protestaban los capitulares de "ser honrados y separados de toda ambición a mandar"; "y aunque no son charlatanes -añadían- su buena intención y la prudencia que les asiste hacen que anhelen siempre por elegir lo mejor para conservar los derechos del pueblo y mantenerlo en tranquilidad y unión". En la misma proclama se decía que "el Cabildo no ha acordado otra cosa que uniformarse en todo con las rectas y puras deliberaciones de vuestra capital, que es Mendoza". y con palabras reveladoras concluían los cabildantes: "esperamos que los que no habéis podido asistir, os conformaréis y aquietaréis con este propio voto, si aspiráis como todos por la unión, por el sosiego de vuestro país, por Vuestra libertad y su independencia".
Es evidente: Dupuy, con energía tiránica, lucha para que el plan de sus amigos se concrete cuanto antes. Por eso no aguardar a que San Martín le dé instrucciones con respecto al Estatuto Provisional y la elección de diputado al Congreso, sino que, tan pronto recibe los pliegos de Buenos Aires, continúa su labor, siempre "fecundo en amaños raposeros", como dirán sus detractores.
En académica página leemos que "El 3 de junio se practicó la elección de los electores del pueblo, obteniendo gran mayoría don José Cipriano Pueyrredón, el capitán don Tomás Osorio y el padre Benito Lucio Lucero". Los papeles del archivo puntano guardan otra versión bastante menos pulcra, firmada por don Tomás Baras, alvearista, sí, pero infatigable obrero del terruño.
Sabemos así "que no se celebró cabildo abierto" y que la comisión nombrada con arreglo al Estatuto fue presidida por el alcalde Tomás Luis Osorio, a cuya casa –también morada de Dupuy- concurrió "como una tercia parte del vecindario", aunque "entraban uno por uno a dar su voto para la elección de los tres electores". Agrega Baras que, "estando en el patio" con el síndico procurador y otro ciudadano, se acercaron al regidor don Juan José Vílchez "y éste les preguntó a los tres en voz baja, que a quienes iban a dar su voto, a lo que respondieron que no sabían todavía".
y "entonces les dijo dicho regidor: pues nosotros los del Cabildo estamos todos de acuerdo de elegir a don José Pueyrredón, a don Tomás Luis Osorio y a fray Benito Lucero".
Nuestros historiadores han llamado "díscolos" a Baras y a sus amigos. Pero es bueno saber que ellos, apartándose del regidor, comentaron: "¿Qué cosas son éstas tan fuera del orden? ¿Así no haremos nunca cosa acertada, porque el voto de cada uno es libre y no para estar de acuerdo antes de elegir?".
Triunfaron los candidatos de Dupuy. Y ellos, a su debido tiempo, eligieron diputado a don Juan Martín de Pueyrredón quien, entre otras cosas, había prometido no cobrar dietas por su representación. Paso a paso, el plan se cumple.
Sin embargo, las quejas de "los díscolos" llegan hasta Buenos Aires. y aunque destinadas al Director, "por un conducto reservado" logra Pueyrredón ver las páginas acusadoras y hasta reconoce la letra de quien quiso ocultarse omitiendo firmarlas. Ofendido, Pueyrredón renuncia a la diputación. Y en carta dirigida a Dupuy, deja correr su pluma siempre reveladora: "Por ti y ese Cabildo admití un cargo penoso y peligroso, y que iba a costarme algunas talegas; pero ni tú ni ese Cabildo podrán resentirse de que, herida mi delicadeza, les largue la cucaña para que se la encapillen a otro".
El patricio parece conformarse. Pero Dupuy, no. Es fiel, es aguerrido, es tenaz. y pocos días más tarde, "todos los ciudadanos de San Luis y una parte considerable de su campaña" elevan al Cabildo una petición en la cual, tras renegar de los "ingratos a su suelo y enemigos implacables e la tranquilidad y bien público" que han tirado libelos infamatorios contra "nuestro deseado Diputado", demandan a los capitulares "los últimos recursos" para que Pueyrredón, "mitigando sus honrosos y justos resentimientos, vuelva a abrazar el cargo que tan dignamente se le había conferido por la uniformidad de sufragios".
Zorro o león, Dupuy sabía triunfar. y el hombre de la Aguada, que había creído encontrar "un caminito honesto para salir de ese atolladero", prefirió tomar el áspero y empinado camino de Tucumán.
Parte ya su coche, el que le costara mil pesos. y en la polvareda, polvo ellas también, quedan las esperanzas de aquellos paisanos que nuestros historiadores siguen todavía considerando "díscolos y ambiciosos". No será trabajo vano tratar de aquilatar aquellas pulverizadas esperanzas. y algo aprenderemos buscando su profunda raíz. El pueblo mendocino, con cuyanísima voz, exigía el 1º de mayo de 1815 que el Congreso debía celebrarse "distante del Poder Ejecutivo y de las bayonetas, y en una distancia capaz de evitar la violencia de éstas y el influjo de aquél". Dec1araba, asimismo, que los representantes debían ser "forzosamente patricios -es decir, nativos de cada jurisdicción-, sin servir de suficiente pretexto la incultura; de los pueb1os, con que se ha querido disfrazar hasta aquí e1 espíritu de partido que ha motivado la supresión de este juicioso establecimiento".
Los "revoltosos" puntanos, tan denigrados en ciertas historias, marchaban por ese mismo rumbo. Contra la docilidad de los electores surgidos de os artificios de Dupuy, los "díscolos" pretendían que el pueblo, en forma directa y sin desórdenes, hiciese la elección del diputado, "procurando que, aunque no fuese tan ilustrado, fuese sano de corazón y hombre de bien". O, dicho con otras palabras: "que se dejase hablar del pueblo, y dejando en su buena fama a don Juan Martín Pueyrredón, el pueblo libremente nombrase un diputado criollo, mas que fuese un salvaje, pues lo que se necesitaba era un hombre de buena intención y no de literatura".
Esperanza, polvo de siglos, que todavía flota sobre el corazón de la Patria.
La contribución material
Con su pluma penetrante y fervorosa, don Víctor Saa ha proclamado verdades que convidan a la meditación. Así ésta:
"Leyendo los trabajos magistrales más difundidos en nuestro país referentes a la gesta sanmartiniana, la contribución puntana aparece disminuida, cuando no ignorada. En algún caso se aduce la escasez o carencia de documentos. No pocas veces, sólo Mendoza es Cuyo. y cuando la prolijidad del cronista o del historiador ha extendido su esfuerzo, sentimos y comprendemos la participación de San Juan. A la tierra de Pringles, tenemos que suponerla entre líneas, formulándonos una interrogación angustiosa: ¿Y San Luis? Sin embargo, los mejores testimonios irrecusables, reconociendo el sacrificio de nuestro pueblo, lo que nuestro pueblo ofrendó a la patria naciente sin parangón, corresponde al Capitán de los Andes, en primer lugar, y después a Luzuriaga, a Dupuy y a Olazábal."
San Luis no mentó pobreza. Dio hasta lo que debía haber retenido para subsistir. Por eso la suya no fue a contribución sino inmolación, como lo afirma y documenta don Víctor Saá en su inigualado trabajo, lamentablemente fuera del alcance de los maestros puntanos, que es a quienes corresponde superar las cómodas generalizaciones portuarias.
Tan silenciado autor agrega:
"Y para probarlo categóricamente, baste decir que, terminada la campaña de la Independencia en 1824, San Luis entra en un período de su vida histórica que es, no sólo de postración y de martirio, sino de manifiesta impotencia para enfrentar, como hubiera sido posible, las hordas ranquelinas. Había quedado sin soldados y sin armas. Estaba inerme. Los indios la arrasaron entonces con sus malones."
Todo sirvió para vigorizar la Patria, para liberar los pueblos americanos, para tornar realidad la concepción genial de San Martín. Nada fue olvidado: ni los bienes de los realistas ni las tierras de las Temporalidades ni las míseras monedas de las tituladas arcas del Estado. En la inmortal provincia de Cuyo, el pregón sanmartiniano conmueve hasta el polvo de las tumbas. Todavía los amarillentos papeles guardan el homérico acento de su reclamo formidable. Y se humilla nuestra altivez ante esa voz que exige "mil recados o monturas completas, que sean de regular uso; y asimismo el mayor número posible de pieles de carnero, ponchos, jergas, ristros o pedazos de estas especies, pues nada importa que sean maltratadas y viejas; y los recados pueden admitirse aunque les falte freno, pero no riendas; y todo se ha de acopiar en el inmediato agosto". ¡ Qué no hacen, qué no dan los puntanos! De qué no hacen holocausto los hombres y las mujeres de San Luis Cartucheras y pólvora, suelas y piedras de chispa, caballos y mulas, charqui y otros menesteres. Y el charqui deben ser dos mil arrobas, y las mulas mil, y la plata la del año venidero.
Sobre los telares y los morteros, en el patio apacible y en el bravío corral, en la huerta y en el campo, no es el sudor el que cae, sino la sangre misma, la vida entera de un pueblo que ama el orden, que no quiere cadenas, que todo lo espera de la misericordia de Dios.
De horizonte a horizonte, la tierra se entrega.
En cada rincón, el viento talla el bronce de un héroe ignorado. Habría que nombrarlos, para mostrar que somos más fuertes que la ingratitud y la indiferencia. Habría que darles firmeza y claridad de símbolo en la prestancia viril de aquellos desvelados alcaldes de la campaña, que bien pueden ser los de 1816. Norberto Adaro en los Chañares, José de las Nieves Moyano en el Morro, José Ambrosio Calderón en el Durazno, Martín Garro en la Estancia Vieja, Pedro José Gutiérrez en la Frontera de San Lorenzo, Mariano Ponce en el Gigante, ayudaron a forjar la libertad. Y como ellos Juan Gregorio Lucero en Intiguasi, José Segundo Quiroga en las Minas, José Santos Ortiz en los Molles, Juan Bernardo Zavala en Ojo del Río.
Nombres todos con sabor a patria chica y a Patria grande; apelativos nuestros, como debe seguir siendo nuestra constancia de su labor, su heroísmo cotidiano y sin aplausos. Nombres limpios, sin mancha ni adición de bandería, que devolvemos reverentes a la posteridad, para que cada población los incorpore a su patrimonio de honor, como gajo de laurel o espiga honrada.
y si ellos no alcanzaran a satisfacer la sed de justicia de los vecindarios esparcidos sobre el fervor de la querencia, levantamos también los de Manuel Antonio Vieira, de Fabián Guiñazú, de Manuel Moreira, de Nicaso Becerra, de José Manuel Montiveros, de Juan de Rosa Ochoa y de Andrés Alfonso, seguros de que tras ellos todavía quedan más patriotas sin vuelta de hoja, para que algún averiguador los ponga en la balanza, el día que se atreva a dudar del sublime sacrificio de San Luis o cuando alguien pregunte qué hicieron los puntanos por la Independencia.
Por ahora, basta con recordar que en noviembre de 1816, el director Pueyrredón, por boca de su ministro Vicente López, empeñó "su palabra que tendrá en la mayor consideración tan importantes sacrificios para dispensarles (a los puntanos) toda su protección e indemnizarles de los quebrantos que han padecido, consultando los medios de procurarles su futuro engrandecimiento".


Política, comercio y ambiciones
Los sucesos que registra la historia de San Luis durante el difícil gobierno de Dupuy, corroboran la magistral afirmación de Enrique de Gandía:
"Para nosotros no existió jamás una revolución americana ni hubo guerra entre peninsulares y americanos, en los comienzos, sino guerra de americanos y peninsulares unidos, en un bando, y de americanos y peninsulares también unidos en otro bando. Con distintas palabras: no hubo guerra de razas, sino de ideas políticas".
San Luis, convertida en la llave de Cuyo, no vive alerta sólo ante las maquinaciones de los realistas -españoles o americanos-, sino también ante todo lo que amenaza perturbar el orden necesario para ejecutar la tremenda empresa sanmartiniana. El que no está con la causa, está contra la causa. No importa su condición ni el lugar de su nacimiento ni su color. Aunque a veces mal se la nombre, no es una revolución la que anuncia el advenimiento de la Patria, sino una guerra civil. Lo que se quiere imponer son las ideas políticas; son ellas las que enfrentan a los mejores hombres en las juntas, en los triunviratos, en los directorios. Y la Historia nos dice que no termina ahí el enfrentamiento.
Por eso es tan agria, tan áspera y tan heroica la vigilia de Dupuy y todos cuantos, en tierras puntanas, aceptaron el orden que San Martín propugnó e imuso. Orden encaminado a un solo objetivo: la liberación de América.
Adviértase bien -como lo apunta don Víctor Saá- que "no necesitó Dupuy asegurar el orden en San Luis... porque el orden era parte de la cordura de la sociedad de entonces". Pero adviértase también que el teniente gobernador no permitió que nada menoscabase la realidad moral de ese orden, que fue la modalidad del puntano. La mano dura y fiel de Dupuy arranca todas las malezas, no importa si artiguistas, realistas o montoneras. Su celo y su recelo siguen los pasos de los hombres de espada y de los de pluma, del comerciante y del hacendado, del confinado indiferente y del sacerdote que no cae a la huella.
Vigila al que entrA y al que sale, al que trae la carta de recomendación y al que huele a indio, al que se titula amigo y al que se aparta silencioso. Por su orden se apresa y se encarcela. Y las partidas andan de aquí para allá con desertores, díscolos y frailes. Sin que falte entre los viejos papeles, el detalle de algunos ajusticiados, vaya a saber por qué.
Los tiempos eran tormentosos y todo se derrumbaba.
Pueyrredón da testimonio de ello en la carta que escribió a Dupuy, desde Tucumán, el 16 de enero de 1816; y en la que dice, entre otras notables cosas:
". ..el país está todo dividido; el ejército casi disuelto y en extremo prostituido; la ambición se entroniza con descaro en todos los puntos; cada pueblo encierra una facción, que lo domina; la ambición ciega, la codicia, la sensualidad, todas las pasiones bajas se han desencadenado."
Por eso es más admirable la colaboración del pueblo puntano, cuyos hombres y mujeres no dejan de trabajar para atender las continuas y perentorias órdenes del Capitán de los Andes, mientras la misma jurisdicción es perturbada por las andanzas de confinados, desertores y ladrones de todas layas. Los mismos contingentes que pasan hacia el Desaguadero son de recelar y no hay alcalde que no reclame armas para contener los desmanes de tanta gente alzada. Hasta algún cacique fronterizo cree llegada la hora de cobrarse cuentas viejas, insolentándose a gritos y riendazos. En la guerra de ideas políticas no están ausentes los intereses comerciales. Dupuy, en marzo de 1816, se refería al "triste estado de esta jurisdicción, a que lo ha conducido el infame comercio de los mercaderes que corren la campaña" y se condolía al ver "la lamentable situación de las familias, a causa de los gruesos empeños que hacen con los referidos mercaderes, que les dan los géneros a un precio tan exorbitante que con verdad se puede asegurar que un principal de quinientos pesos lo hacen rendir en sus repartos al de tres o cuatro mil".
Destacaba el teniente gobernador que uno de los mercaderes que cometía esa "atroz y escandalosa tiranía" era "al fin bárbaro y cruel español", añadiendo: "pero lo más digno de llorarse es que esta misma conducta observen muchos americanos, ayudando de este modo a la destrucción de su mismo suelo, protegiendo la desnudez y miseria de sus mismos paisanos y uniéndose en sus operaciones a los bárbaros enemigos que nos persiguen".
El Cabildo pretendió "exigirle la nimiedad de un cuartillo por carga a las arrias, y a las carretas aún menos"; pero a tal pretensión se opuso el asesor de la Intendencia, alegando que "el comercio es la sangre del soldado". Fue entonces cuando el alcalde Poblet defendió su tierra con este ardor inigualado:
"Los artículos que miran al comercio de él, en que se hace referencia a la extracción de maderas, introducción de efectos y la saca de tejidos, ganados, lanas, etcétera, es el todo de sus producciones y, desde que es San Luis hasta la fecha, ha tenido la bondad, o mejor diremos la desidia, de dejarlas llevar sin el más mínimo interés; y es así que, después de talados sus montes a satisfacción de los extraños y aniquilada la campaña de las otras especies, se halla sin ningún fondo de arbitrios de que siempre ha carecido, y en la impotencia de imponerlos en los rezagos que le han quedado. El comercio que circula en este pueblo y su jurisdicción (como tan escaso de dinero) es por lo mayor el de efectos de Castilla cambalachados por picotes, ponchos y demás de lo que produce. Los comerciantes saben tan bien aprovechar sus introducciones, que no se contentan con este cambio cuando no ganan un doscientos por ciento, o más, con lo que tienen a esta jurisdicción reducida a esqueleto y nada menos que de esclavos a sus habitantes."
San Martín que en oficio posterior manifestó disimular "el acaloramiento con que se produce S.S.", no habrá dejado de advertir la nobleza de esos capitulares puntanos que no dejan de reclamar una escuela, "aunque para los acuerdos de este Cabildo haya de ser bastante el abrigo de un monte, cuando nuestra desdicha no nos proporcione más comodidad".
A la riquísima bibliografía sanmartiniana queremos agregar un nuevo aporte con la crónica de la campaña de Chile, hilvanada principalmente con fragmentos de cartas y otros documentos que se guardan en los archivos puntanos. Recontaremos, pues, la formidable epopeya, no para enseñar lo bien sabido, sino para rescatar de la muerte aquel calor humano, aquel pulso fervoroso que todavía hoy se hace luz de heroísmo en los des dibujados renglones de las actas severas y de las epístolas henchidas de sinceridad y patriotismo sin doblez. Rebosante amor que tanto movía la pluma noticiera como fructificaba en la constancia del chasque renovador de esperanzas.
Los capitulares Mateo Gómez, Pedro Pablo Fernández, Pedro Nolasco Pedernera, Agustín Sosa y Vicente Carreño, presididos por el teniente gobernador don Vicente Dupuy, acordaron el 5 de enero de 1817:
"Que con motivo de ponerse en marcha el Ejército de los Andes, a la reconquista de Chile, se pidiese una limosna entre los vecinos por uno de los miembros de Cabildo, para hacer una misa de gracias con novenario correspondiente, con el objeto de pedir y rogar al Dios de los Ejércitos por la felicidad y buen éxito de la expedición contra el enemigo de Chile; y habiéndose recolectado treinta y siete pesos cuatro reales de este virtuoso vecindario, mandamos que desde mañana se dé principio a la misa de gracias con novenario de ellas, que serán cantadas con la asistencia de la música y toda la decencia correspondiente."
El 24, San Martín dirigió a los cuyanos su proclama de despedida, en la que decía:
"¡Compatriotas! Seria insensible al atractivo eficaz de la virtud, si al separarme del honrado y benemérito Pueblo de Cuyo no probara mi espíritu toda la agudeza de un sentimiento tan vivo como justo. Cerca de tres años he tenido el honor de presidirle, y la prosperidad común de la Nación puede numerarse por los minutos de la duración de mi gobierno. A ellos y a las particulares distinciones con que me ha honrado, protesto mi gratitud eterna y conservar indeleble en mi memoria sus ilustres virtudes."
Poco después asumió sus funciones el nuevo Cabildo, integrado por Francisco de Paula Lucero, Luis de Videla, Máximino Gatica, Agustín Palma, Marcos Rovere, Andrés Alfonso y Manuel Antonio Zalasar, quienes saludaron al Capitán General de la Provincia, el 14 de febrero, con estas palabras:
"El Ayuntamiento que representa a este pueblo de San Luis en el presente año, no puede ser indiferente a los sentimientos y expresión pública con respecto al amor y decidida adhesión que tan justamente le tiene a V.E.; en esta virtud, el Cabildo que acaba de tomar posesión de sus empleos concejiles, no sólo ofrece a V.E. a nombre de su representado el más inalterable cumplimiento de sus órdenes y servicios, sino que le expresa su gratitud por su singular amor a los puntanos, con todo el sentido de la voz. Lo que tiene el honor de comunicarle a V.E., ofreciéndole particularmente cuantos servicios estén en su posible, desde cualquier distancia y siendo cuales fueren las circunstancias de V.E."
Al día siguiente -15 de febrero- el Cabildo recibió las primeras noticias sobre la marcha del Ejército que era su misma carne: la copia que Luzuriaga remitiera del oficio de San Martín, datado el 8 en San Felipe de Aconcagua, que concluye con este párrafo lleno de agradecimiento:
"Poseemos, en fin, una dilatada y fértil porción del Estado de Chile; yo me apresuro a participar a usía tan feliz noticia para satisfacción de ese Gobierno y los beneméritos habitantes de esa provincia, principalísimas causas de tan buenos efectos."
El Cabildo, ante estas noticias, manifestaba a Dupuy no hallar "expresión para explicar su gozo". Pero añadía:
"Este Ayuntamiento tiene la gran satisfacción de felicitar a usted, dándole repetidos parabienes por la gran parte que ha tenido en contribuir con su infatigable patriotismo y extraordinarios esfuerzos a facilitar todos los auxilios que han estado en el posible de este pueblo, con que tiene la gloria de haber concurrido a engrandecer el Ejército que va a ser la salvación de la Patria, debido todo al digno Jefe que lo dirige con tanto acierto."
El 18 Dupuy transmitió la noticia de la victoria. Y el Cabildo, tras manifestar que quedaba enterado "de haber sido derrotado el enemigo de Chile en la cuesta de Chacabuco", se agrandaba de orgullo:
"Este suceso feliz, que asegura la libertad de nuestra cara Patria ha llenado de júbilo a este Ayuntamiento y a este virtuoso pueblo, pesándole no haber contribuido con más auxilios a tan digno objeto."
Después de haber leído aquella página inmortal que el vencedor de Chacabuco inicia con sobriedad magnífica:
"Gloríese el admirable Cuyo de ver conseguido el objeto de sus sacrificios. Todo Chile ya es nuestro", los capitulares dirigieron a Luzuriaga este oficio, fechado el 26 de febrero:
"Nuestro digno jefe el señor Teniente Gobernador de este pueblo de San Luis, con fecha 20 del presente, transcribe a este Ayuntamiento los felices sucesos que usía le comunica sobre nuestro Ejército de Chile al mando de su glorioso General, el señor don José de San Martín. No cabe en la expresión el placer y regocijo con que este pueblo virtuoso ha recibido tan felices nuevas; ya somos libres, clamaban todos, estos son los frutos preciosos de nuestros sacrificios. El Cabildo que tiene el honor de representar a este pueblo benemérito ha mandado, en asocio del señor Teniente Gobernador, iluminar las calles por seis días consecutivos, se ha celebrado misa solemne en acción de gracias y se han hecho cuantas demostraciones de júbilo han sido posibles en las presentes circunstancias, aunque ninguna correspondiente al grande objeto ni a la moción interior de un vecindario tan recomendable en cuyos labios no se oye otra expresión que la de nuestros triunfos y bendecir el nombre de héroe ínclito que nos ha salvado. El Cabildo de San Luis tiene el honor de felicitar a usía por tan grandes, inesperados y felices sucesos que aseguran la libertad de la Patria y la honra eterna de la provincia."
El libro de actas capitulares guarda también este imborrable testimonio:
"En la ciudad de San Luis, en veinte y seis de febrero de mil ochocientos diez y siete, congregado el Cabildo, Justicia y Regimiento de ella en su sala capitular, con asistencia del síndico procurador, a efecto de consultar y acordar el modo de eternizar y transmitir a la posteridad del nombre glorioso del héroe que acaba de arrancar de las manos del tirano el amenísimo y vasto reino de Chile: Considerando el estado (casi de mendicidad) de este pueblo, cuyos virtuosos habitantes han erogado pródigamente sus haberes al alto fin de nuestra regeneración; y juzgando al mismo tiempo un deber, el , más sagrado, dejar para en lo sucesivo, un monumento auténtico que acredite su gratitud y recuerde siempre la memoria de nuestro libertador: Ha resuelto establecer y decretar que todos los años el día doce del presente mes se celebre una misa, con la mayor solemnidad que fuese posible, en acción de gracias al Dios de los Ejércitos por las distinguidas victorias que en este feliz día se ha dignado concedemos sobre nuestros enemigos, mediante la imponderable energía e infatigables desvelos del valiente General del Ejército de los Andes, el excelentísimo Señor don José de San Martín, procurando igualmente impetrar de la divina clemencia la conservación de este hombre singular, en cuyas manos visiblemente ha depositado el Ser Supremo la felicidad de nuestra suerte y la libertad de la madre Patria."
El 28 de marzo, "después que hizo una pausa el contentamiento y que dio lugar a la razón para conocer toda la importancia de aquel feliz y memorable acontecimiento que sin duda alguna debe ocupar las primeras páginas de la historia de nuestra feliz revolución", los capitulares acordaron hacer también fiestas cívicas en los días 12,13 y 14 de febrero de todos los años, "y que en el presente se celebren en los días 6, 7 y 8 de abril (con motivo de ser la Pascua de Resurrección), con misa de gracias en el primer día, y que en la noche del mismo se dé un baile público por esta ilustre Municipalidad, abonándose uno y otro costo del fondo de Propios".
Por decreto del 1º de marzo de 1817, Pueyrredón dispuso que el estandarte del regimiento de Dragones de Chile -uno de los trofeos conquistados por las fuerzas patriotas en Chacabuco- fuese remitido a la ciudad de San Luis para que, después de ser expuesto al público en las casas capitulares, fuera colocado "en un uno de los templos principales, como un tributo al Ser Supremo, como un monumento de las virtudes patrias con que se han distinguido los hijos beneméritos" de este pueblo y "como una prueba de la gratitud con que les considera el Gobierno Supremo".
El Cabildo estimó este honor como "una demostración más bien digna de la benevolencia y generosidad de S.E. que del mérito de aquellos habitantes, no obstante de haberse interesado con grandes sacrificios". Pero el 16 de mayo acordó:
"Que respecto a que una de las banderas tomadas a los enemigos de la causa en la escuadra de la Plaza de Montevideo el año de 1814, la cual fue igualmente por el Supremo Gobierno destinada a este pueblo y colocada por especial acuerdo en esta Matriz, ha resuelto que el indicado estandarte se coloque en la iglesia de este convento de Predicadores, en consideración a que sus rogaciones implorando los auxilios del Dios de los Ejércitos lo hizo por medio de la protección de Nuestra Señora del Rosario y para que las operaciones del heroico Ejército de los Andes sobre los enemigos en Chile fuesen tan felices como necesarios a la felicidad de la América."
Dispusieron los capitulares, asimismo, "que para el 24 a la tarde se convocase a todo este pueblo a la plaza pública para poner el estandarte a la expectación pública en los portales de Cabildo y que para el 25, después de la misa de gracias en memoria de nuestra célebre revolución, acompañe con asistencia de todas las corporaciones al depósito que en consecuencia se debe hacer con la solemnidad posible en la iglesia de Predicadores".
Con este motivo, el 24 de mayo Dupuy dirigió una proclama al pueblo, iniciándola con estas ilustrativas palabras:
"Mis amados paisanos y amigos: Vosotros habéis tenido una gran parte en la heroica reconquista de Chile, contribuyendo generosamente con cuantos auxilios os ha sido posible a la formación y pronta movilidad del heroico Ejército de esta provincia, e igualmente un escuadrón de estas milicias pasó los Andes y partió en el campo del honor, con nuestros bravos soldados, los laureles que recogieron en la memorable batalla de Chacabuco."
Meses más tarde, el 12 de noviembre, Dupuy volvió a templar la cuerda heroica al entregar las condecoraciones ganadas con tanto denuedo y valor. Ese día, en la plaza mayor de San Luis, el pueblo oyó esta proclama; dirigida "a los beneméritos y valientes milicianos que pasaron los Andes":
"Oficiales y soldados: El Jefe que tiene la satisfacción de haberos organizado bajo la bandera de la Patria, va a distribuiros las medallas y escudos con que el Supremo Gobierno ha premiado a los bravos que treparon los Andes, y que en Chacabuco rompieron las cadenas del tirano que oprimían el precioso Estado de Chile, bajo las órdenes del benemérito general San Martín.
Mis amados oficiales y soldados: Este va a ser el testimonio eterno de vuestros servicios y el más honroso distintivo que, recompensando vuestras virtudes, os debe excitar a la adquisición de otras más recomendables que perfeccionen vuestra gloria y la buena reputación de los defensores del país.
El Jefe que os manda os recomienda eficazmente la gratitud y el honor. Vuestro representante, el respetable Ayuntamiento, los magistrados y los honrados ciudadanos espectadores de este acto, con su muda y tierna expresión, os ruegan la observancia de las virtudes en protección de nuestra amada Patria, la obediencia y subordinación a las autoridades, y la conducta que caracteriza al buen ciudadano y al amante de la independencia del país."
Cerramos el ciclo de Chacabuco añadiendo estas breves referencias. De prisa, el Libertador pasó hacia Buenos Aires alrededor del 20 de marzo y el pueblo de San Luis sólo pudo testimoniarle su agradecimiento y su emoción con una serenata. Pero a su regreso, a fines de abril de 1817, el Cabildo agasajó a San Martín con una cena y baile, fiesta que demandó la suma de 82 pesos 5 reales, inclusos los 8 pesos pagados por la música al maestro José Santiago Acosta.
Por no haber sala capitular, el Cabildo se reunió en la casa del alcalde de primer voto el 19 de enero de 1818, "a efecto de acordar el día en que se ha de dar principio al novenario de misas que se ha de mandar decir por la felicidad de nuestras armas, con la solemnidad posible, para implorar la protección del Dios de los Ejércitos a favor de nuestra Patria". Resolvió entonces, de acuerdo con el cura interino fray Isidro González, comenzar dicho novenario el 23 "con asistencia de todas las corporaciones, y abrir hoy mismo una suscripción pública para subvenir a los costos, y que si no se recolectase el total, se satisficiese el resto del fondo de Propios".
Poco después, los corresponsales mendocinos de Dupuy iniciaron su notable labor de información. El 18 de febrero, escribía Luzuriaga:
"Ossorio con 5 buques y 800 hombres arribó a Talcahuano el 17 pasado. El 7 del corriente, última fecha de Chile, se avistaban 12 buques por San Antonio y se mantenían de dicho punto a Peñablanca, caleta entre los dos puertos referidos. Varias ventajas adquiridas por nuestras partidas de observación y avanzadas en la provincia de Concepción y una sableadura completa sobre 400 hombres en Linares por Freire, de que acaban de llegar noticias particulares. Me temo que Ossorio no aventura acción general en el estado que encuentra a Chile y que lo más que piense sea en dilatar la guerra. Si así no fuese, es indudable que el Perú todo va a ser libre en Chile por San Martín demasiado pronto."
Breves y nerviosas son las comunicaciones de Luzuriaga:
"Va el adjunto manifiesto y proclamación de la independencia de Chile. Nada de nuevo de enemigos. El General estaba en Talca ordenando aquel Ejército del Sud". Así escribía el 25 de febrero, y el 5 de marzo repetía: "De Chile no hay novedad alguna". En cambio, Juan de la Cruz Vargas deja correr la pluma con más generosidad y el 9 de marzo expresa:
"Acá estamos pendientes de las cosas de Chile. Tenemos mucha confianza en el gran San Martín y su ejército, mayor que el del enemigo; pero sabemos que éste viene con mucha arrogancia, y su fuerza, que a mejor cálculo, con las que tenía en Talcahuano y las que se le han reunido en la muy goda provincia de Concepción, no apea de 6.000 combatientes. Estamos esperando el problema, por que éste va a ser el golpe que decida la suerte de la América del Sud. Cada correo de Chile interesa, lo esperamos con ansia, y nada de nuevo. Si no obran en éste y el mes entrante, comienzan las aguas, que son muy copiosas al sud de aquella costa, y tiene cerrada la campaña hasta octubre o noviembre. Lo que a mí más me puede es la falta de nuestras fuerzas navales, sin las cuales cuenta que nada se hace de provecho. San Martín está en Talca; allí hay poca fuerza nuestra; él se fue solo el 13 del pasado y dejó hacia la costa, cerca de Valparaíso, por 6.000 que vemos no se mueven. Lo que me consuela es que me escriben dos cosas: primera, que San Martín sabe lo más mínimo del enemigo; la otra, que él está muy alegre, y aún se le ha salido la expresión de decir que conquistará a Lima en Chile. N o me ha escrito en tres correos, es decir desde que partió para Talca."
Con la misma fecha, Gabino Corvalán incluye en una osdata estas noticias:
"De Chile aún no hay particular; al Gobernador le escriben que algunas partidas del enemigo se han asomado al Maule y otras lo han pasado como en observación; que nuestro General ha recorrido todos los puntos y trata de irse retirando, llamándolos a que pasen todos el Maule y atacarlos en un punto donde opere la caballería a satisfacción y de consiguiente no tengan retirada por el inconveniente que ofrece el río, que es caudaloso y navegable. Que en la ciudad ha habido un movimiento, tratando de salir afuera, y en particular los comerciantes, enardelando, y el Gobierno ha prohibido la extracción y todo movimiento, con respecto a que se amilanan los ánimos cuando no hay un motivo, por estar seguros."
El 18 de marzo, Vargas escribe con ardor:
"Mi Vicente: acaba de llegar el correo de Chile y logra la salida de un pliego para ésa para adjuntarte esa copia de la situación de' nuestro ejército en Chile y del enemigo. ¡ Qué susto! ¡ Qué votos! Si es cierto el cálculo de Balcarce sobre el día de la acción, o se ha dado a esta hora, se está dando o se está por dar."
Como para marcar la hondura del desastre, nada queda de la correspondencia subsiguiente. Sin embargo, el 25 de marzo Luzuriaga retorna la senda de la esperanza:
"Mi amado amigo: Acompaño a usted copia del estado último de nuestro ejército. Mucho debemos esperar de San Martín y del entusiasmo y unión en que se halla Chile. Yo creo que a la desgracia nos sucederá una ventura."
Dos días más tarde remite copia del oficio con que el director delegado de Chile, don Luis de la Cruz, da cuenta de la "desgraciada jornada que hemos tenido la noche del 19, después de haber obtenido en el día las mejores ventajas". Y agrega en forma oficial:
Por cartas posteriores contestes de varios particulares, sabemos que nuestro ejército se halla en un pie ventajoso después de la dispersión que sufrió.
Que el enemigo padeció un destrozo considerable y que con su retirada a Talca solamente nos ha privado de la gloria de destruirlos y acabar la guerra de Chile para siempre."
También el 27 de marzo don Toribio de Luzuriaga remitía una circular encaminada a impedir la internación de varios soldados y algunos oficiales" que se habían puesto en fuga hacia estas provincias, faltando al honor y a sus deberes".
Don Jacinto Godoy, el 28, decía a Dupuy que en la Ciudad de Mendoza nos faltan ocurrencias que nos tienen en movimiento, y con bastante cuidado; pero no nos amilanamos y siempre estamos en muy buena disposición para impedir y cortar los males que nos pueden ocasionar". Añadía que "en esto hay tanta variedad, que no me atrevo a referir por menor cuanto se cuenta". Sin embargo, "para no ser tan seco", incluye un extracto de las noticias recibidas desde el otro lado de los Andes. En una misiva de fecha 22, expresa el corresponsal:
"En este momento ha estado conmigo el cuñado de un sujeto que ayer a las 4 de la tarde salió de San Fernando, que dista 35 leguas de aquí, y asegura que San Martín tiene ya reunida en aquella Villa sobre 4.000 dispersos con sus armas, y que cuando él salió iba llegando más gente. Que Freire, con una partida de más de 600 hombres se batió con otra enemiga antes de ayer y la derrotó...
Son las nueve y cuarto de la mañana, se acaban de recibir oficios del General San Martín, dice que ya tiene cinco cuerpos reunidos, que pide refuerzo de gente y que el enemigo ha quedado en grande decadencia."
El mismo Godoy agrega noticias correspondientes al día 27 de marzo, las cuales revelan también las horas de angustia que vive Mendoza:
"Acaba de llegar un extraordinario de Chile, previniendo se tenga cuidado con los oficiales que por su poco honor trasborden a esta banda, para lo cual se ha publicado bando; y se ha anunciado en él que por un campesino de Talca se sabe que el enemigo había metido en aquella ciudad más de 600 muertos. Hoya las 12 ha llegado don Juan Jurado, sin licencia; éste dice que Melián se hallaba en la Angostura acabando de recoger el resto de dispersos. Lo mismo dice Espínola, que acaba de llegar con licencia; éste es más fidedigno porque no ha salido tan asustado. También piden granadas y municiones."
Luzuriaga en cartadel 28, se desahogaba con este lamento
"¡ Qué lástima los sucesos de nuestro ejército!
cuando el enemigo parecía ya tenerse en el bolsillo:
él no hará poco en fortificarse en el Maule, y gracias al tiempo que le da la dispersión de los nuestros."
El 30, Vargas anoticia con vigorosa pluma:
"Mi Vicente: logro la ocasión de un porta que sale para Buenos Aires para consolarte en la parte que lo estamos aquí hasta hoy, y es que aunque no sabemos el detalle de nuestro revés, pero sí que se ha mandado regresar toda la grande emigración que venía de Chile, porque aquel Gobierno se ha puesto en todo su tono, tomando las más prontas y vehementes medidas de defensa. Hoy llegó un pliego del Gobierno de Chile encargando a éste que eche mano de cualesquiera oficial cobarde que llegue aquí y lo remita, o los remita escoltados, para hacer un ejemplar en castigo de su cobardía, y a quien especialmente se encarga es a nuestro bribón el ingeniero don Antonio Arcos, de quien te hablará Luzuriaga, con requisitoria, por si acaso ha pasado sin entrar aquí. VIVA LA PATRIA. Carajo, todo se ha de reparar. Mendoza dispone 500 cívicos armados, 200 de infantería y 300 de caballería, que por un expreso se ofrecieron ayer al Gobierno de Chile y al General. Si vive este que vive dando las más bellas disposiciones, viviremos. Lo cierto es que el enemigo no ha adelantado un paso, porque no salió bien de la refriega. A otra cosa."
La información que Guido le suministra desde Santiago con fecha 27, la dio a conocer Luzurriaga el 31 de marzo, en forma oficial y en estos términos:
"El Señor Diputado del Supremo Gobierno de Buenos Aires cerca del de Chile, en papel de 27, me avisa que después de la jornada de nuestro ejército el 19 en los campos de Talca, se ha reparado en gran parte, y que la Patria cuenta con la fuerza respetable de más de 3.500 veteranos que vienen en retirada del campo de batalla al mando del coronel don Juan Gregorio de las Heras, y más de 2.500 de igual clase que existen en la capital de Santiago a marchar inmediatamente a unirse con aquella división, sin que falte uno de los jefes del ejército. Que







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