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Autor: Jesús Liberato Tobares

FOLKLORE

 

SANLUISEÑO

 

JESUS LIBERATO TOBARES

 

 

 

AUTORlDADES
Dr. Juan Ángel Gregorio Vivas
Gobernador de la Provincia

Dn. Edmundo Tello Cornejo
Ministro de Gobierno y Educación

Dn. Carlos Sadoc San Martín
Subsecretario de Estado de Educación y Cultura

Dn. Mario Cecil Quiroga Luco
Director de Cultura


EDICION DE OBRAS PREMIADAS BIENAL PUNTANO DE LITERATURA

JURADO
Dn. Jorge Aostri
Subsecretario de Estado de Educación y Cultura

Dra. Berta Elena Vidal de Battini
Prof. Hugo Arnaldo Fourcade

Dn. Enrique Ojeda (h)





Queda hecho el depósito que marca la ley 11723


A la memoria de la mamita Juana y la abuelita Rosinda "médicas" que tantas veces esperaron el alba velando por nosotros; a Don Guillermo Ledesma, Don José Saldaña, Don Pedro Rodríguez Ranulfo Barroso; Justíno Suárez y Martín Gutiérrez, que me enseñaron a arrear tropas antes de saber que los caminos terminan donde comienzan las distancias; a Don Nazario Barzola, soguero de la Barranca Alta que me trenzó el primer lazo que tuve, regalo del abuelo; a Don Alejo Gil, milico, que se llevó en los ojos la soledad de "La Mesilla"; al tío Juan Fernández y a Martín Godoy (guitarreros) que me siguen rezando coplas cada vez que la noche se embruja de estilos y tonadas en mi pueblo.


PROLOGO

La amable invitación formulada por el doctor Jesús L. Tobares para que yo asumiera la honrosa responsabilidad de prologar su libro, suscitó en mí algo como un conflicto de conciencia. Considero que no soy el más indicado, pues no domino los temas del folklore sanluiseño como para opinar sobre lo que respecto de ellos dice un puntano conocedor de las "cosas del pago", a las que describe y analiza sin deformarlas con la perspectiva de su propia formación intelectual.
Aquella primera apreciación personal cedió, sin embargo, ante la simpatía despertada, tanto por el pedido mismo, como por la feliz circunstancia de tratarse de una obra premiada en un concurso, aunque de mi parte desconociera sus circunstancias.
Desde otro punto de vista, San Luis suscita en mí resonancias cordiales y nostálgicas. Allí realicé, con un grupo de alumnos y discípulos de la Facultad
de Filosofía y Letras de la Universidad de Buenos Aires, una fructífera investigación de campo en 1956, en el curso de la cual inicié con Antonio Esteban Agüero, en Merlo, lo que llamé entonces "antología viva", folklórica y literaria, pues combinaba la entrevista sobre temas nativos con las imágenes de una película filmada por Julio A. Rosso en torno del "Abuelo algarrobo".
Como fruto feliz de ese viaje, algunos de los jóvenes investigadores que habían integrado el equipo volvieron a Renca para la época de su fiesta y nos dieron como saldo el libro Renca; folklore puntano, que publicó el Instituto que es hoy Nacional de Antropología.
En la ciudad de San Luis di conferencias y charlas invitado por la Universidad Nacional de Cuyo y a mi propuesta el Fondo Nacional de las Artes exhibió la "2ª Exposición representativa de artesanías argentinas" a la par que conmemoraba el "Dia mundial del folklore" en 1970.
Con apoyo del Fondo, la señora Dora Ochoa de Masramón publicó "Folklore del Valle de Concarán" para cuyo estudio contó con el estimulo de una beca, y por otra parte, el Centro de estudios folklóricos "Profesor Dalmiro S. Adaro" ve alentada su obra con ayudas tan justificadas como comprensivas.
Estos cordiales Influjos, entre otros, acallaron mis escrúpulos para aceptar un compromiso superior a mis fuerzas, pero afrontado con tanta buena voluntad como simpatía.
El libro del doctor Tobares sobre "Folklore sanluiseño" ha sido premiado en un certamen literario y esto previene su carácter y la presumible actitud del
autor, cuya obra no debe en consecuencia ser juzgada como conjunto de
monografías científicas.
No obstante, el primer capítulo, "El saber del rastreador", es elegido como pórtico teórico para confrontar los aspectos salientes de ese tema con los rasgos caracterizadores de los fenómenos folklóricos. Asunto crucial en las indagaciones de la ciencia, me preocupa desde hace más de tres décadas y no ceso de investigar, meditar y documentarme sobre el punto, desde 1942, cuando apareció la primera muestra de esta inquietud en mi Bosquejo de una introducción al Folklore, hasta Los fenómenos folklóricos en su contexto humano y cultural: concepción funcional y dinámica, que próximamente será publicado en un volumen colectivo sobre teoría folklórica por la Universidad de California en Los Ángeles juntamente con la de Texas.
El doctor Tobares llega a la conclusión de que, tanto el tema del capítulo inicial, como los demás del volumen, son expresiones folklóricas, pues de su análisis (explicito sólo en el primer caso) surge que han cumplido el complejo proceso cultural que los ha acendrado en folklore, lo cual se reconoce desde que responden a la caracterización que por mi parte he propugnado reiteradamente.
El titulo del último ensayo citado sintetiza algo como un "leit motiv" de la teoría, pues el enfoque integral de la metodología folklórica pone énfasis en considerar los fenómenos como sumergidos en el contexto propio de las comunidades o sociedades "folk" y de su correspondiente cultura. Tal interpretación subyace en capítulos como "las míngas" y "El mate", por ejemplo, en los cuales se advierte (como en todo el libro, más o menos explícitamente) el propósito de aludir a múltiples y al parecer alejados aspectos de la vida popular que confluyen funcionalmente en la compleja trabazón cultural del hecho estudiado en cada caso.
Esta manera de interpretar la vida popular y campesina de la provincia surge casi espontáneamente por la feliz circunstancia de que la niñez y mocedad del autor han transcurrido en ese ambiente en el cual ha logrado, por inclinación de su temperamento y aguda capacidad observadora, una verdadera penetración con el modo de ser y de vivir de las gentes que integran las sociedades "folk".
Eso es lo que permite, acaso más que la técnica misma, llegar a los repliegues más recónditos y a las costumbres tradicionales de ese pueblo.
Pero además, el doctor Tobares es abogado, y pone a contribución su saber jurídico y su experiencia profesional para mostrarnos otra cara de los fenómenos folklóricos que no es por cierto la más conocida. En los capítulos "La taba y el Código Civil", "Las carreras cuadreras", "Charlatanes y adivinos ante el Código penal” (como ya dos de esos títulos lo anticipan) y en otros en mayor o menor medida, los textos legales y reglamentarios informan de un trasfondo de la realidad popular que por lo común no se tiene en cuenta. Bien es cierto que por momentos lo jurídico hace valer sus derechos en la pluma del abogado y se sobrepone y aún sofoca la viviente y espontánea realidad de lo folklórico.
Por otra parte, esa documentada presencia subyacente de lo institucionalizado oficial, representado aquí por el derecho positivo en sus varias manifestaciones (códigos, leyes, decretos, reglamentos), no es sino un caso de un problema vasto y complicado que la teoría internacional debate y que aquí me limito desde luego a aludir: la imbricación de la sociedad y la cultura "folk" en el contexto más amplio de la sociedad total, de la realidad nacional de cada país en el momento en que el fenómeno se considere.
El trasfondo histórico de ciertas manifestaciones es traído también a cuento, reforzando la condición común de tradicionalidad de todo fenómeno folklórico, para dar al lector idea de cómo y por qué determinadas manifestaciones tienen tal o cual característica: así ocurre, entre otros casos, con "Postas y diligencias en la jurisdicción de San Luis" y "El arriero".
Este mismo afán de precisión histórica, que se entrelaza a veces con lo biográfico, aflora desde la simpática "Dedicatoria" gracias a la mención de personas determinadas, con nombre, apellido y a veces residencia y domicilio y que son o han sido "médicas" o adivinas, guitarreros o trenzadores, maestros de posta y artífices en el juego de la taba. Considerado este aspecto desde el punto de vista teórico, no debe perturbar la clara noción de que los hechos folklóricos son siempre colectivos, vale decir, vigentes en la cultura de la comunidad, lo cual no obsta para que, aun siendo patrimonio común del grupo "folk", algunos de sus miembros, personal y determinadamente, actúen como representantes calificados de un acervo que, como concreción final de un proceso, es a la vez tradicional, anónimo colectivo y funcional.
El libro del doctor Tobares invita a muchas alusiones ó referencias ocasionales de este tipo, más seria Inoportuno recargar al lector con exposiciones técnicas y eruditas que retardarían cargosamente la lectura amena del texto; me limito a una más, para destacar el nutrido ejemplo que aquí se ofrece de confirmación de un rasgo en el que ha insistido reiteradamente: la coexistencia, al parecer contradictoria Y casi milagrosa, entre lo regional y lo universal. Esta comprobación es uno de los incentivos intelectuales más irresistibles de la investigación folklórica. El autor lo insinúa como propósito, que permitiría ahondar metódicamente algunos de los temas tratados hasta convertirlos en monografías científicas, logradas después de sostenido esfuerzo a través de la selva bibliográfica argentina e internacional, siguiendo las sendas ya trazadas en los campos de la teoría, del método y la técnica, que se manifiestan hoy entre nosotros en niveles que en nada desmerecen de los logrados por la ciencia folklórica contemporánea.
Los lectores en general, y los folkloristas en particular, tanto los ya consagrados como los numerosos jóvenes que se suman a la caravana científica en las carreras especializadas de nivel universitario, agradecerán al doctor Tobares su valioso aporte y acaso hallen en él estímulo para nuevos estudios, como nuevas "postas" en la carrera eterna de la ciencia.

Augusto Raúl Cortazar



EL SABER DEL RASTREADOR

 

Nos proponemos en este trabajo determinar con algún rigor científico, si el saber del rastreador constituye o no un auténtico hecho folklórico.
Para ello será necesario sintetizar previamente, con la ayuda de los maestros de esta ciencia, cuáles son los caracteres que definen al hecho folklórico, para averiguar posteriormente si esos caracteres particularizantes se dan en el saber del rastreador.
En tal sentido podemos afirmar que los hechos folklóricos son: Populares, tradicionales, colectivos, funcionales, regionales, empíricos, espontáneos, vigentes, orales y anónimos.
Populares. -Todos los fenómenos folklóricos tienen carácter popular aunque no todo lo popular es folklórico.
Esta expresión debe entendérsela en el sentido de que el laboratorio originario, la fuente, el manantial creador del folklore, es el pueblo. Y cuando decimos "pueblo" no aludimos a un sector determinado sino a todo el grupo social, "al pueblo todo" como dice el doctor Ismael Moya, sin determinación de esferas, porque el folklore es como el aire que, trascendido de aroma antiguo, recorre las gradaciones de la sociedad, desde aquella donde se acogen los campesinos, y la que tiene albergue y escenario en los suburbios y conventillos, hasta la que integran la clase media y la encumbrada en el orden intelectual, artístico y económico." (1)
Pero es necesario distinguir, como lo advierte el doctor Augusto Raúl Cortazar, lo popular auténtico de lo popular circunstancial. Lo popular auténtico es lo que después de depurarse en el cedazo seleccionador del pueblo ha quedado en la memoria colectiva y ha resistido a la corriente del tiempo que no ha podido sepultarlo en arenales de olvido.
Lo popular circunstancial tiene vigencia pasajera, sin arraigo tradicional. Son "manifestaciones ocasionalmente popularizadas como una canción o danza en boga, los caprichos de la moda, los dichos y chistes de actualidad." (2)
Digamos por último que la moda, que se caracteriza por su transitoriedad es la antitesis de lo tradicional y por lo tanto incompatible con lo popular auténtico.
Tradicionales. -"Para lograr la plenitud de la condición folklórica -ha dicho el doctor Cortazar- faltaría otra etapa esencial: El arraigo popular a través del tiempo.
No es suficiente que un bien se incorpore ocasionalmente al patrimonio cultural del grupo. Es menester que integre la herencia social que los miembros de una generación trasmiten 'a otra, en sucesión indefinida." (3)
De aquí se deduce que los valores folklóricos, para llegar a ser tales, necesitan perduración a través del tiempo.
La tradición es entonces el legado espiritual que una generación entrega a la que le sucede; legado que recuerda "las gestas de sus mayores, las guerras, los dolores, las victorias, los éxodos, las tragedias, la esclavitud de una época y la libertad joyante de otra." (4)
Por eso el Profesor Moya ha podido decir con razón que la tradición "es la memoria fecunda de las sociedades humanas."
Colectivos. -Las manifestaciones folklóricas tienen en su origen un creador individual cuando se trata del cuento, el refrán, la copla, etc. Otras veces nace por voluntaria participación del grupo sin que se pueda señalar un gestor originario, como ocurre en la minga.
Pero aún en aquellos casos, la creación folklórica no es privativa del individuo. El poeta o el músico habrán recogido un sentimiento latente en el seno del pueblo, pero éste ha hecho suya esa expresión y la ha incorporado al patrimonio común.
De tal suerte que la expresión folklórica, con ser una expresión personal, tiene como característica fundamental la de haber dejado de pertenecer con exclusividad al individuo que le dio origen para formar parte del patrimonio espiritual del grupo colectivo.
Funcionales. -Este carácter significa, según el doctor Cortazar, la aptitud demostrada por el hecho folklórico (uso, costumbre, etc.) para satisfacer una necesidad material o espiritual del grupo social.
Regionales. -Todo fenómeno folklórico constituye una expresión regional. Sin ser un factor determinante sino concurrente, el medio geográfico da fisonomía propia al grupo colectivo. El carácter distintivo se manifiesta en la indumentaria, los medios de transporte, las artesanías, los mitos, etc.
Empíricos o espontáneos. -El hecho folklórico no responde a formulaciones abstractas, concebidas a priori, sino a enseñanzas derivadas de la observación y la experiencia.
En cuanto a su origen cabe señalar que no aparece como el resultado de imposiciones coercitivas sino que es el fruto de la libre expresión o manifestación de los individuos del folk.
Vigentes. -"Su vigencia social -ha dicho el doctor Cortazar-, significa que el grupo los considera incorporados a su patrimonio tradicional; de que todos, por lo tanto, se sienten copartícipes, aunque no intervengan personalmente en su expresión."
El folklore no es simple recuerdo de cosas muertas sino parte viva de la cultura del pueblo. Tiene proyección en el pasado y "realidad actuante" en el presente.
Tampoco es pieza de museo. Es así como un viejo río que nacido de la conjunción del hombre y de la tierra, fecunda nuestra historia y caracteriza nuestra personalidad nacional.
Orales. -En la transmisión de los bienes folklóricos se prescinde generalmente de la escritura.
Sin embargo autores como Ismael Moya sostienen que no obstante su formulación escrita, los hechos folklóricos no dejan por eso de ser tales.
Anónimos. -El carácter tradicional de los hechos folklóricos propicia el anonimato. El pueblo hace suya una expresión folklórica sin interesarle el nombre de su autor.
Lo que importa para el grupo colectivo no es el creador sino la creación. De allí que a través del tiempo los hechos folklóricos devienen anónimos.

RASTREADORES PUNTANOS

 

Esbozadas así a grandes rasgos, las notas particularizantes del hecho folklórico, antes de entrar al prometido análisis del problema, nos parece ineludible hacer previamente una breve referencia a los rastreadores puntanos.
Voy a comenzar entonces con una anécdota personal.
Durante muchos años, y de esto hace un largo tiempo; mi padre fue arrendatario del campo "Cerro Blanco" al oeste de San Martín, pueblo del norte de nuestra Provincia.
En cierta oportunidad recorriendo el campo encontramos en el ojo de agua una mula de pelo negro que no era de nuestros animales.
Rápidamente mi padre reconoció al híbrido.
-"Esta muja -dijo- es de Don Enrique Rosales y se va volviendo a La Mesilla."
Terminada nuestra habitual recorrida regresamos al pueblo.
Al llegar al río, es decir a la salida de San Martín por el camino a "Los Piquillines", nos encontramos con un hombre del lugar, comprador de mulas en aquellos tiempos y que vivía a una legua al norte de San Martín casi sobre el camino a Quines.
Cambiado el saludo de rigor nos interrogó:” ¿No me han visto una mula negra de Enrique Rosales que se me iva volviendo?"
"Sí, -le respondió mi padre- en el ojo de agua del Cerro Blanco la hemos visto hace rato. ¿Y cómo sabe que se le va volviendo por este camino"?
-"La vengo siguiendo por el rastro. Allá, junto al remanso, ha saltado el cerco. . ."
Se refería a una vieja línea de ramas que corría hasta donde es ahora la pileta municipal.
Y luego agregó con toda naturalidad:
-"No ve que ahí va..."
Al propio tiempo que esto decía, con el índice de la mano derecha señalaba un rastro entre cientos que junto al arroyo habían dejado los vacunos, yeguarizos y mulares que durante todo el día bajaban a beber.
Yo miré el lugar que él señalaba pero no pude saber cuál era el rastro de la mula negra. Por primera vez en mi vida me topaba con un rastreador.
Aquel hombre vive ahora en San Martín, mi pueblo natal. Arriero, baqueano, píalador, jinete, trenzador... Y además, rastreador, por si algún título le falta... ¿Su nombre? Don José Miguel Lucero.
No es extraño que un campesino de San Luis posea las dotes maravillosas del rastreador que tan bien ha descrito Sarmiento en el "Facundo".
El mismo, hablando de este personaje excepcional, relata el siguiente hecho:
-"Una vez caía yo de un camino de encrucijada al de Buenos Aires, y el peón que me conducía echó, como de costumbre, la vista al suelo.
-"Aquí va -dijo luego- una mulita mora, muy buena..., esta es la tropa de Don N. Zapata... , es de muy buena silla..., va ensillada..., ha pasado ayer.. .".
Este hombre -sigue diciendo Sarmiento- venía de la sierra de San Luis, la tropa venía de Buenos Aires, y hacia un año que él había visto por última vez la mulita mora cuyo rastro estaba confundido con el de toda una tropa en un sendero de dos pies de ancho. Pues esto, que parece increíble, es con todo la ciencia vulgar; éste era un peón de arría y no un rastreador de profesión." (5)
El Capitán inglés Francisco Bond Head que pasó por nuestra Provincia en 1825, refiere en sus memorias: "Poco después llegamos a un sitio donde había un poco
de sangre en el camino, y por un momento sujetamos los caballos para mirarla. Observé que alguna persona había sido quizá asesinada. El gaucho dijo: "no"; y señalando un rastro cerca de la sangre, me dijo que algún hombre había rodado y roto el freno, y que, mientras estaba de pie componiéndolo, la sangre, evidentemente, había salido de la boca del caballo. Repuse que acaso fuese hombre herido, a lo que el gaucho contestó: "no". Y señalando algunos rastros pocas yardas adelante sobre la senda dijo: "pues vea el caballo que ha salido al galope."
Donde el ojo inexperto del viajero inglés suponía encontrar los vestigios de un crimen, el gaucho puntano encontraba las frescas señales de una rodada reciente.
Y agregaba, para ilustración del caminante, que el caballo había salido al galope; es decir que describía como si estuviera viendo, una escena que no había presenciado.
Alfredo Ebelot, ingeniero francés que dirigió a fines del siglo pasado los trabajos de la "zanja" de Alsina, cuenta que en una oportunidad en la frontera los indios les robaron los caballos. Enterado de la novedad despachó un chasque a Sandes quien de inmediato le mandó un rastreador.
Al ver las huellas, el hombre predijo que por el lugar habían pasado seis caballos montados, quince sueltos y una yegua madrina con un potrillo de seis a ocho meses.
"Los ladrones -dice -Ebelot- fueron tomados al día siguiente. Se pudo ver que efectivamente eran seis, que su tropilla constaba de quince caballos y una madrina.
El potrillo no apareció, y me imaginé que el rastreador lo había agregado por su cuenta para deslumbrarnos con este floreo, que cabía a las mil maravillas en los límites de lo verosímil.
No había tal. El potrillo, cuyas fuerzas no correspondían a la jornada obligada, se había quedado en el camino, rendido. Unos soldados lo hallaron y, lo que allana cualquier duda, lo reconoció la yegua. Tratándose de brutos, la voz de la sangre no es mera figura retórica. Era, como quedaba anunciado, un animal de ocho meses." (6)
Tiempo después contó el caso al General Conrado Villegas. Por supuesto que el inteligente ingeniero no deslumbró con su relato al valiente militar.
-Amigo -dijo Villegas, que conocía la frontera como el que más y tenía tanta intuición del campo cuanto puede caber en un cerebro civilizado-, esto no es hazaña para un rastreador. ¿Usted, por lo visto, no ha viajado por el interior? Estaba hace poco, en la provincia de San Luis, en un pueblecito en plena sierra. En las montuosas calles, cavadas en piedra viva, sólo los descalzos y las mulas podían caminar sin resbalarse. Me hallaba frente a la escuela, al salir los niños. Lanzáronse en tropel; el mayor de ellos tendría doce años. Apenas en la plaza, se pusieron a andar despacio, cabizbajos, con los ojos fijos en el suelo, escudriñando la superficie del duro granito, en que, por el viento, no quedaba un átomo de tierra. Les oí cambiar sus observaciones: "Allá va la mula del cura", decía uno. "Pasó hace una hora", agregó otro. "El receptor de rentas ha ido a pasear a caballo." "y el almacenero de la esquina a pie." "Con botas." "Ché, vete pronto a tu casa, tu mamá acaba de volver." "Calzaba alpargatas."
Sí señor, esos pillos leían todo esto en la roca lisa tan fácilmente como leemos en los libros fruslerías que por lo general no son tan interesantes."(7)
Es por todos conocida la página magistral de Sarmiento cuando habla de Calíbar. Ebelot también tiene la suya, y porque es tan bella y porque toca tan de cerca nuestros sentimientos de puntanos, tentados estuvimos de transcribirla íntegramente.

Ebelot relata allí la hazaña de un rastreador de San Luis. No dice su nombre, pero por la calidad del acto, por la inteligencia de las maniobras y por los recursos de que hace gala ese radar de carne y hueso de los rastros, tenemos que suponer que se trata de alguno de estos dos rastreadores famosos que tuvo San Luis: Don Benito Lucero o Don Rufino Natel.

A propósito de Don Rufino cuéntase que en la noche del 12 de enero de 1863 después de visitar al Gobernador Don Juan Barbeito, el Coronel José Sandes por entonces Comisionado Nacional en San Luis, al pasar por la esquina de Colón y Ayacucho fue apuñaleado por un desconocido que huyó al amparo de las sombras.
El agresor había permanecido oculto tras una pila de ladrillos colocada sobre el cordón de la vereda. El puñal quedó clavado en el costado derecho del Coronel que de inmediato se lo arrancó, conteniendo la hemorragia con la mano. Poco después fue atendido por el Dr. Norton (8)
El Mayor Segovia (que asumió a partir de ese momento la jefatura de las fuerzas militares acantonadas en San Luis) requirió los servicios de Natel que odiaba a Sandes.
Pero en razón de ser deudor de Segovia de una gran "gauchada" tuvo que aceptar la misión encomendada.
En efecto; en cierta oportunidad Segovia lo salvó de una estaqueada ordenada por Sandes; estaqueada que por el carácter altivo de Natel casi termina frente a un pelotón de fusilamiento.
Con las primeras luces del día Natel se puso en marcha acompañado de una escolta que le proporcionó Segovia.
En la Plaza de las Tropas (actual Escuela Lafinur) Natel tomó referencias y ya no le perdió pisada al agresor que había emprendido la fuga hacia el norte.
Valiéndose de todos los recursos imaginables fue juntando los eslabones que lo llevarían, a través de cien leguas, nada menos que a la ciudad de la Rioja a donde fue a parar el agresor. Era de la gente del Chacho Peñaloza, al parecer.
No lo trajo a San Luis porque no era su objeto capturarlo. El cumplía con individualizarlo. Así fue el "trato" que hizo con Segovia. (9)

Otro formidable rastreador que tuvo San Luis fue Don Romualdo Rodríguez que vivió en "El Puestito", sur de Paso del Rey.
Los viejos de lugar recuerdan que "cuando el saqueo al finado Aquilino Fernández" de "Loma Blanca" rastreó los caballos en que fueron los "gauchos" desde ese lugar hasta San Luis logrando individualizarlos.
En otra oportunidad le robaron una cabra del corral a Doña Sandalia Sosa que vivía en "El Paso de los Algarrobos" (hoy "El Resuello" de Nuccillio).
La señora tapó el rastro del caballo que montaba el ladrón y lo mandó a llamar a Don Romualdo que recién pudo ir a los ocho días.
El amigo de lo ajeno había seguido río abajo por el curso del agua, pero Don Romualdo le cortó los rastros y logró ubicarlo en el lugar llamado "La Estrechura" en "La Costa del Cercadito" a distancia de una legua más o menos. (10)
En la zona norte de la Provincia se conoció otro famoso rastreador.
Se trata de Don Francisco Flores, nacido en La Brea (una estancia cercana a Quines) que murió a los 96 años de edad, en completa lucidez.
Era un estanciero acaudalado, de mucho prestigio en la zona y a quien acudían los vecinos y autoridades cada vez que debían encarar la búsqueda de alguna cosa perdida que se considerara de importancia.
En cierta oportunidad se perdió un niño de cuatro años de edad de una estancia vecina a la suya. Esto ocurría en el año 1890 más o menos y la zona era boscosa, donde abundaban pumas, jabalíes, etc.
Cincuenta hombres buscaban al pequeño y Don Francisco pedía que lo dejaran solo para no borrar rastros y él se comprometía a encontrarlo.
Después de cuatro días y cuatro noches y siguiendo el rumbo que denunciaba la punta del pie sobre los pastizales, este rastreador encontró al niño "sano y salvo", ¿Cómo se llamaba el pequeño? He aquí un nombre conocido por varios generaciones de puntanos: Alejandro Montiveros; profesor y político de gran prestigio que desarrolló su actividad docente en la ciudad de San Luis.
En otra ocasión fueron quemadas varias parvas de trigo y pasto a un señor Taurán de la localidad de Quines. La policía recurrió a Don Francisco Flores.
El incendiario habíase alejado del lugar por una acequia llena de agua.
Luego trepó tápiales y volvió a seguir por acequias hasta que llegó a su casa situada en pleno centro de la población.
Don Francisco lo siguió hasta allí y cuando se enfrentó con él le dijo a la policía: "Acá está el autor".
El hombre (un tal Quinteros) fue tomado preso y confesó en el acto su delito. (11)
Es oportuno decir que Don Francisco Flores era conocido como rastreador no sólo en Quines sino en toda la zona norte de la Provincia y que según mentas conocía por el rastro a todos los vecinos de su pago porque, según su propia explicación, "todos tienen una forma de pisar diferente". (12)

En San Francisco fue famoso como rastreador Don Oscar Sosa (fallecido).
En la actualidad vive en ese pueblo Don Juan Sosa que también es considerado como un experto en el arte del rastreo. (13)
Según referencias el último rastreador oficial de la policía de San Francisco fue Don Wenceslao Alcaráz, que murió en los Corrales, Departamento Ayacucho. Mató a un compadre con el cuchillo envainado. Le pegó en esa forma veinticinco puntazos. (14).
-En Luján fueron famosos como rastreadores Don José Ramírez y Don José López. (15)
En Nogolí debemos citar a dos hermanos: Pedro Videla (ex empleado de la Policía de la Provincia) y Gregorio Videla. (16)
En la zona noreste de la Provincia se conocieron, entre otros, dos buenos rastreadores: Don Joaquín Palacio de "La Ramada" (muy cercano al límite con San Luis) y Don José Agüero de "El Pantanillo". (17)
En Concarán gozó de fama Don Eusebio López (fallecido) que también fue compositor de caballos.
De la misma localidad debemos mencionar a Don Baldomero Rojo, oriundo de Santa Martina y que se desempeñó como Comisario de Concarán durante algunos años.
En el Departamento San Martín hay que citar como buen rastreador a Don Romualdo Godoy.
Otro experto en este arte tan original fue Don Prudencio Aguilar (fallecido) del Arroyo de Las Cañas.
La conocida investigadora de Concarán señora Dora Ochoa de Masramón que tuvo la gentileza de proporcionarme estos datos, recogió unas décimas de las que fue autor el nombrado Aguilar y que tituló "Yo soy del Género Humano", Dicen así:

Yo soy del género humano

 

el rastreador sin rival

 

que en el monte rastreo igual

 

como si fuera en el llano.

 

Soy de la malicia hermano

 

de llevar en mis rastreadas

 

y me animo hacer cortadas

 

en un amplio pajonal,

 

también en un arenal

 

si las huellas están borradas,

 

Soy el rastreador de fama

 

que ni a los bichos perdono

 

que hasta la pulga saltona

 

el rastro le hallo en la cama.

 

Sé desatar cualquier trama

 

aunque sea complicada,

 

en el agua turbia estancada

 

sé rastrear a la mojarra

 

Y en el aire a la chicharra

 

no le escapo la rastreada.

 

Soy el rastreador más fino

 

que en el mundo puede andar,

 

hasta capaz de rastrear

 

el porvenir y el destino.

 

Sé rastrear con muy buen tino

 

la mujer en sus amores,

 

y entre distintos cantores,

 

cuando me hallo en una farra,

 

sé rastrear en la guitarra

 

algún ruidito, señores.

 

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En la zona norte de" Departamento San Martín gozó de fama como rastreador Don Juan García (a) "Don Juanito" de "Las Cañadas". Se dice que sabía distinguir por el rastro todos los caballos de la comarca. (18)
Además se impone citar a tres hermanos que saben bastante de estas cosas: Gilberto Pallero de "El Paraíso", Alejandro Pallero de "La Huertita" y Lucio Pallero de San Martín.
Digamos finalmente que pese a las averiguaciones realizadas en la zona de Naschel, Juan Llerena y El Morro, no hemos podido obtener información sobre la existencia de rastreadores de algún renombre.

EL SABER DEL RASTREADOR COMO HECHO FOLKLORICO

 

Realizada esta referencia a rastreadores puntanos, volvamos a nuestro quehacer y averiguaremos ahora si el saber del rastreador constituye verdaderamente un hecho folklórico.
Habíamos dicho al comienzo que todo hecho folklórico se caracteriza por ser popular.
¿Se da este rasgo particularizante en el saber del rastreador?
La respuesta afirmativa no ofrece duda alguna.
Este arte no ha sido fruto de concepciones foráneas transplantadas a nuestro medio. Ha nacido del seno del pueblo y cada individuo del grupo asimila este conocimiento conforme a sus aptitudes particulares y lo aplica y se sirve de él de acuerdo a las condiciones también particulares del medio geográfico.
Esto en cuanto al origen del hecho.
Ahora bien; en cuanto a sus manifestaciones individuales tenemos que preguntarnos: ¿La totalidad de los rastreadores pertenecen a los estratos iletrados de esa agrupación humana que en el folklore llamamos "pueblo"?
¿O también existen rastreadores entre la gente culta?
Y aquí tengo que darle la razón al doctor Ismael Moya.
He visto en el norte de mi provincia al estanciero rico e instruido, rastrear sus vacas junto a los peones; y al Jefe de Policía {al Jefe Político como se le llamaba en esos tiempos} junto al agente siguiendo el rastro del cuatrero prófugo.
Un viejo expediente criminal nos hace saber que en el siglo pasado el Ayudante Decurión de la Escondida, Don Fernando Becerra encuentra una vaca carneada a la que le "habían sacado las botas y la han degollado entera". ..
"se le tomó el rastro -al ladrón- muy de mañana y se rastreó todo el día hasta que se oscureció por motivo de que el ladrón iba escondiendo el rastro y allí tuvo el auxiliar que dormir con su comitiva para seguirlo al otro día "(19)
Esto significa que por lo menos el saber del rastreador no puede considerarse circunscrito a un sector determinado del pueblo sino que lo encontramos en los más variados estratos sociales.
El saber del rastreador, tal como lo hace notar Sarmiento en "Facundo", es una ciencia casera y popular.
Casera porque la escuela, la universidad, la academia donde se enseña y se aprende, es el núcleo familiar.
Popular porque constituye un saber incorporado al sistema cultural del grupo social.
Se da aquí la condición de que el verdadero creador de este originalísimo complejo de conocimientos que informa el saber del rastreador, es el pueblo.
Tenemos pues algo logrado en nuestro vacilante empeño de cortarle el rastro a estas cosas de la tierra.
Y si nos empeñamos un poco más no nos será difícil comprobar que este saber tan particular que a veces toca las fronteras del misterio, no sólo forma parte del sistema cultural del grupo folk. Integra también la herencia espiritual que cada generación entrega a la que le sucede.
El bisabuelo le enseña al abuelo, el abuelo al padre, el padre al hijo, el hijo al nieto, etc., etc.
Creo que no es necesaria una demostración documental en tal sentido. Y si así fuera allí están las páginas de Sarmiento, de Gez, de Ebelot, de Pastor, de Gutiérrez.
Otro aspecto nada despreciable de la cuestión es la respuesta de cualquier paisano cuando le endilgamos la pregunta: "¿Y a usted, quién le enseñó a rastrear?" -"Y, ió nomáh hi aprendío". La otra variante es: “Y me habrá enseñao mi padre, o mi abuelo, vaya a saber. ..".
En ese "vaya a saber..." está denunciado mejor que en ninguna otra expresión, el carácter tradicional del saber del rastreador.
Desde tiempos remotos, pasando por personajes famosos y también anónimos, este arte particularísimo ha llegado hasta ese hombre del pueblo que ahora abordamos y que no sabe a ciencia cierta de dónde le viene su saber.
O sea que el arte del rastreador se ha ido transmitiendo de generación en generación hasta adquirir arraigo popular a través del tiempo.
Y por esa razón las páginas de la historia provinciana y también de la historia nacional, están matizadas de hazañas cumplidas por rastreadores que aportaron su inteligencia, su intuición, su experiencia, su perseverancia, en una palabra su saber; a las causas más variadas, desde la nobilísima de la emancipación hasta la detestable de secundar a los caciques maloneros que caían sobre las poblaciones indefensas dejando un cuadro aterrador de muerte y destrucción.
En esa sobresaltada vida de los fortines los sufridos "milicos" también tuvieron que hacerse rastreadores porque la pisada del bagual que montaba el indio bombero, descubierta en las cercanías de la línea, era indicio suficiente para despertar la sospecha que obligaba a reforzar las guardias, recoger la caballada en el corral y cargar el cañón de chispa. Y desde el mangrullo -esa torre vigilante de lejanías- alguien rastreaba polvaredas...
Según lo dicho tenemos puntualizadas dos notas caracterizantes del arte del rastreo. Se trata de un hecho popular pues tiene origen en el núcleo folk; y tradicional en cuanto constituye un aspecto de la herencia espiritual que nos han transmitido las generaciones precedentes.
Pero no termina allí nuestra observación.
En efecto; este complejo de conocimientos forma parte del patrimonio cultural del grupo colectivo o grupos colectivos regionalmente localizados.
No es patrimonio de un hombre sino del "conjunto".
Así se pondera que los riojanos, o los puntanos, o los sanjuaninos, son buenos rastreadores.
Y aunque a veces la fama se encarna en un individuo en particular, Calíbar, Don Benito Lucero, Don Rufino Natel; a ese individuo particular se lo considera como el conspicuo representante del grupo.
Don Luis V. Mansilla en su libro "Una Excursión a los Indios Ranqueles" dice: "Los rastreadores más eximios son los sanjuaninos y los riojanos." -
Ebelot en "La Pampa" hace la apología de los rastreadores puntanos, sin particularizar.
Sarmiento cuando habla de Calibar, hace referencia a un rastreador de la sierra de San Luis.
Justo P. Sáenz (h) en su libro "Baguales" alude a los rastreadores puntanos, salteños, riojanos y sanjuaninos.
Es decir que todos estos autores hacen referencia -salvo raras excepciones-, no a un hecho personal, particularizado, sino a un fenómeno colectivo.
Pero es también un hecho funcional. Veamos por qué.
La misión inmediata del rastreador es determinar a qué animal pertenece el rastro que ha encontrado y ubicar rápidamente los animales que se buscan.

No cabe duda que no es recomendable buscar horas y horas en un campo de mucho bosque por ejemplo, un animal que por el rastro puede localizarse en poco rato.
Quizá el animal esté allí nomás, a pocos pasos del campeador y si no se lo rastrea se puede andar leguas sin otro resultado que perder el tiempo.
El rastreo satisface, pues, una necesidad material evidente.
El rastreador ha sido siempre un valioso auxiliar de la policía y de la justicia.
Sarmiento dice que la aseveración del rastreador hace fe en los tribunales inferiores. Es la prueba de las pruebas; "probatio probatísima" como decían los romanos.
¿Y cuál es el fundamento que induce al juez o al comisario a confiar ciegamente en la palabra del rastreador?
En primer lugar la certeza de que su aseveración es poco menos que infalible porque su idoneidad está probada en cien rastreos; porque antes de llegar al delincuente y decir: "éste es", el rastreador ha analizado muchas otras
"razones" concurrentes con la razón fundamental de la pisada, y porque a la acusación del rastreador normalmente sigue la confesión lisa y llana del delincuente.
En segundo término porque el natural orgullo del paisano ha dotado al rastreador de una especie de "ética profesional" que lo obliga a cuidar celosamente su prestigio. Equivocarse sería ridículo; allí terminaría su fama.
Y cuando en la rueda del fogón, en las reuniones del boliche, en las veladas materas de la estancia, se cuenten hazañas de rastreadores; él sabe que las miradas maliciosas de la paisanada, las medias palabras dichas en tono de sorna; le van a herir más que cien puñales.
Las cicatrices de una guapeada se exhiben con orgullo. Pero la herida de un fracaso rastreando otro gaucho, por matrero que sea, no se restaña jamás. Ebelot ha dicho que el rastreador es el superintendente de los sumarios; tanto como decir que cuando ese hombre extraordinario levanta su dedo acusador, han terminado todas las instancias. En el futuro valdrán justificativos y atenuantes pero no excusas ni coartadas. La balanza de la justicia se habrá inclinado definitivamente cuando el rastreador pronuncie la fría sentencia: "Prendan a este hombre; él es".
Otra nota característica de este orden de conocimientos es que constituye un fenómeno regional.
Resulta curiosa la circunstancia de que mientras en las provincias del centro (Córdoba y Santiago del Estero), Cuyo (San Luis, San Juan y Mendoza), Noroeste (La Rioja y Catamarca) y norte argentino (Salta y Jujuy), surgen rastreadores por doquier, difícilmente se los encuentre en la pampa húmeda ni en la mesopotamia.
Este hecho es claramente demostrativo de la influencia que el medio geográfico ejerce sobre el comportamiento de los individuos.
Ya hemos hecho referencia a la opinión de varios autores sobre las naturales aptitudes para el rastreo que caracteriza a los hombres de provincia.
Y no obstante no estar muy encuadrada en la naturaleza investigativa de este trabajo, nos animamos a arriesgar la opinión de que los mejores rastreadores del país -y quizá del mundo- son los gauchos salteños, riojanos, sanjuaninos y puntanos.
También se caracteriza "el saber del rastreador por ser un hecho espontáneo y empírico, Espontáneo porque el hombre de campo practica el arte del rastreo normalmente como un deporte. No es un trabajo es una diversión. Y no lo hace porque alguien se lo imponga sino porque lo lleva dentro: porque le gusta.
Empírico porque la experiencia y la observación del gaucho son aquí fundamentales. Y qué le enseñan la experiencia y la observación?
Muchas cosas y muy importantes:
1º El sabe distinguir fácilmente el rastro de un animal vacuno, de un mular o de un yeguarizo porque mientras que el vacuno muestra la pezuña dividida en dos, el rastro del yeguarizo o del mular muestranun vaso enterizo, más grande y redondeado el primero; más pequeño y ovalado el segundo
2º) También sabe el gaucho distinguir si el animal va suelto o montado. El animal suelto no sigue una línea de marcha definida. Constantemente se detiene a pastar saliéndose del camino. En cambio el animal montado sigue un rumbo fijo: el que le impone el jinete.
3º) Si son vacunos pueden distinguirse los animales gordos y pesados de los flacos y livianos porque los primeros muestran en el rastro las pezuñas abiertas, lo que no ocurre con los animales livianos.
4º) Si son vacas o yeguas con crías, junto a las pezuñas grandes aparecen las pequeñas.
5º) Si son crías hembras (potrancas o terneras) van junto a la madre. Si son crías machos (terneros o potrillos) se alejan de las madres retozando.
6º) Si hay algún animal rengo o manco, marcará bien el rastro de tres extremidades y será menos profundo el rastro del miembro afectado porque el animal manco "afloja" la mano.
7º) Si se trata de yeguarizos se verá si va al tranco, al trote o al galope por la profundidad del rastro y por la distancia a que tira la tierra del lugar de la pisada.
8º) Si el candado se ve nítido es animal joven; si se ve borroso es animal viejo.
9º) Si va suelto y come el pasto de un solo lado del camino, se deducirá que es un animal tuerto.
10º) Cuando se trata de un caballo cuya pata sobrepasa a la mano al caminar, seguramente que es animal de buena marcha. Y no es difícil que se trate de un caballo preparado para una carrera. Don Segundo Sombra, o mejor dicho su ahijado, observaba bien este detalle en aquella carrera del ruano con el colorado que describe Güiraldes.
11º) Si el animal viene “aplastado" arrastra un poco las extremidades posteriores y como consecuencia arrastra también la tierra a partir del vaso.
12º) Si el animal viene dejando gotas de sangre en el camino, está "embichado" y por la distancia que separa a las gotas puede deducirse si la hemorragia es grande o no.
Digamos por último que el saber del rastreador es un fenómeno vigente, oral y anónimo.
Vigente en cuanto como conocimiento forma parte del sistema cultural actual del grupo folk.
Oral porque las enseñanzas de padres a hijos nunca se transmitieron a través de la escritura sino por la vía oral.
Anónimo porque nos es imposible determinar quién fue el primer o los primeros rastreadores. Quizá este arte -dice Pastor- nos venga de los huarpes. Talvez -como conjetura Justo P. Sánez (h)- sea una herencia quichua.
Lo cierto es que el misterio se pierde en la noche de los tiempos.
En síntesis tenemos que el saber del rastreador es un hecho popular, tradicional, colectivo, funcional, regional, espontáneo, empírico, vigente, oral y anónimo.
Y ahora sí podemos afirmar con absoluta certeza que este arte maravilloso de descifrar por las pisadas de las bestias la historia de los caminos, constituye un auténtico hecho folklórico.

1 .Autor cit. "Didáctica del, Folklore". pág. 29, Edit Clorda y Rodríguez, Bs As.1956.
2 .A. R. Cortazar"Esquema del Folklore" , Pág. 13, Edit Columba, Buenos Aires, 1959.
3. Autor y op. Cit pag. 17.
4. Ismael Moya, op. cit pág. 35.
5. Autor citado "Facundo".
6. Aut. cit. "La Pampa", pág. 17 y sig. Edit Eudeba. Bs. As. 1961.
7. Idem. pág. 19.

a. El hecho está referido por el historiador puntano Juan W. Gez en su "Historia dela Provincia de San Luis" t II, pág. 182, y por Don Reynaldo A. Pastor en "San Luis ante la Historia", pág. 28.
9. Los restos de Don Rufino Natel descansan en el, Cementerio Central de la ciudad de San Luis, muy cerca de la tumba donde, estuvo el Coronel Pringles. En la placa se lee la siguiente inscripción: "D. Rufino Natel. Q.E.P.D. Falleció el 10 de diciembre de 1878. A los 95 años de edad. Fue en vida un buen patriota, soldado de la independencia, y amigo ardoroso de la justicia y de la libertad. Sirvió siempre a su patria con desinterés y el pueblo todo de San Luis conserva recuerdos imperecederos de su modestia y de sus servicios."
10. Referencias de la Sra. Haydee Etcheverry de Sosa. calle Mendoza Nº 877 -San Luis.
11. Datos suministrados por Teófilo Lucero de Quines (S.L.)
12. Referencia de Don José F. Lucero -"San José, Dpto. San Martín (S. L.)
13. Datos suministrados por Don Marcos B. Reyes -San Francisco San Luis).
14. Datos suministrados por Don Octavio Guiñazú -calle General Paz Nº 551 -San Luis.
15. Referencias de la Sra. Maria Inés Pérez Ligeón de Silva -Luján (San Luis)
16. Datos de Don Aníbal Benjamín Molina - Nogolí [S.L.). Información proporcionada por Carlos Moyano de la misma localidad.
17. Datos suministrados por Carlos S. Rodriguez -Merlo [S.L.).
18. Referencia de Don José Rosendo Chaves -"EI Paraíso" Dpto.San Martín.
19. Archivo Judicial de la Provincia de San Luis -Expediente Criminal Nº 8 Año 1853.

LA TABA y EL CODIGO CIVIL

 

Según remotas noticias, este juego ya lo practicaban los griegos. Homero así nos lo hace saber en las páginas de ese libro célebre que se llama "La Iliada".
Sin embargo, Y tal como lo ha demostrado Don Luis C. Pinto (1), los autores que han aludido a ese pasaje de Homero han caído en error de grueso calibre; error debido a la falta de examen crítico del texto.
Dichos autores siguiendo el Diccionario Espasa Calpe han sostenido que en disputa derivada de una partida de taba, Patroclo siendo niño dio muerte a su amigo Anfidamonte.
Don Luis C. Pinto ha demostrado que en verdad no fue a Anfidonante a quien mató Patroclo sino al hijo de aquél.
El juego del astrágalo, que así se llamaba en Grecia, precursor de nuestra taba rioplatense, era privativo de los niños y de las damas.
Se practicaba con pequeñas tabitas de gacelas o corderos o se mandaban hacer de cristal o ágata.
Los griegos denominaron a este juego "payanca", y se practicaba colocando los astrágalos en el dorso de la mano. Según el lado de su caída se le asignaban nombres y valores determinados.
No obstante su semejanza fonética y práctica, la payanca de los griegos no tiene nada que ver con nuestra payana, juego éste que según noticia del autor antes citado, existía ya en América precolombina.
El juego de los astrágalos griegos se practicaba en los salones, sobre lujosos tapices y en los templos. Tenía allí un carácter adivinatorio; augural.
Mediante el astrágalo los augures consultaban los designios del porvenir mediato o inmediato. En su manejo predominaba la mujer por su condición preponderante en el gremio de la adivinación, Al parecer este juego despertó en Grecia notable entusiasmo, por cuanto una destacada personalidad como el escultor Polícleto escribió un tratado que tituló "La Astragolizonta", "con elque pretendía regir los secretos adivinatorios de las mujeres", (2)
De Grecia el juego de los astrágalos pasó a Roma y allí troca su nombre por el de "tali" o "talus".
En la ciudad de Virgilio parece que no despertó la misma euforia que en Grecia y las autoridades miraron con recelo a este juego. Lo demuestra el hecho de regir allí la Lex Tallaria represiva del tali.
Con el carácter augural que el tali tenía en Roma se entronca la leyenda según la cual Julio César antes de cruzar el Rubicón y pronunciar su famosa frase "Alea Jacta Est", consultó los augures, y éstos, para predecir el futuro inmediato, arrojaron la taba que debió caer del lado de la suerte.
Al respecto dice Don Federico Oberti: "Cuando Julio César ¡quién lo diría! contrariamente a todo lo establecido, resolvió cruzar el Rubicón, no encontró medio mas adecuado para saber la suerte que podrían correr sus fuerzas que arrojar el clásico huesito, que sin duda debían llevar sus augures. Como éste debió caer del lado de los buenos auspicios, exclamó en una frase que llegó a hacerse legendaria, popular y célebre "Alea jacta ets", es decir "la suerte está echada". (3)
Don Luis C. Pinto en el trabajo a que hemos hecho referencia ha demostrado que la famosa frase de Julio César nada tiene que ver con ninguna consulta oracular del tali. Y para ello se apoya en dos obras de renombre: "Los Doce Césares" de Suetonio y "Vida de Julio César" de Plutarco.
Con los españoles la taba llegó al Río de la Plata.
Pero aquí sufre una radical transformación tanto en su aspecto físico, cuanto en su significación como hecho sociológico.
1º) De juego de damas y de niños pasó a ser juego de varones que rivalizaron en destreza y elegancia masculina.
2º) El juego de salón y ceremonial de los templos que conocieron los griegos y romanos, se convirtió en suelo argentino en juego a campo abierto.
3º) Los delicados y pequeños instrumentos de bronce, cristal o marfil, o las tabitas de gacelas o corderos que los griegos emplearon en sus juegos de salones sobre lujosos tapices y que como ya se dijo denominaron "payanca", se trocaron en el Río de la Plata en la "taba" de ganado mayor que hoy todos conocemos.
4º) Por último el papel augural o en su caso el carácter de juego de azar que tenía en Grecia y Roma, desaparece aquí para convertirse en juego de habilidad.
El filólogo y escritor rioplatense Don Vicente Rossi resumiendo en apretada síntesis esa transformación ha dicho: "La intensa superstición grecorromana pudo dar a los "huesitos" valor oracular, entonces en su manejo se imponía la mujer, dominante en el gremio de la "adivinación". Los nombres de albures de esos huesos lo comprueban. Nuestra taba nunca fue pichico ni distracción de mujeres y pibes. Tampoco fue oráculo. Juego sencillo y sin cabuleos. Breve habilidad en un gesto único. Juego de hombres; de pie y a cancha larga. Un solo medido y elegante ademán; en él comienza y concluye el juego.
Una sola pieza, Dos únicos albures; terminantes: sí o no.
Nada más auténtico, más nuestro. Esa es la TABA rioplatense, única en el mundo" (4)


NATURALEZA DEL JUEGO. -Estos son, en términos generales los caracteres del juego en Grecia, en Roma y en el Río de la Plata.
Veamos ahora cuál es su naturaleza.
En este aspecto no siempre se ha coincidido.
Hay dos bandos en pugna: Los que consideran a la taba como un juego de azar y los que sostienen que se trata de un juego de habilidad o destreza personal.
Esta divergente manera de caracterizar nuestro viejo juego no tiene sólo importancia especulativa. Tiene también importancia práctica, porque según cual sea la conclusión a que se arribe, será la posición en que la taba quede frente al ordenamiento jurídico.
Esto basta por sí para hacernos cargo de la importancia de la cuestión, y de la solución escogida dependerá la suerte de planteos como estos: ¿El juego a la taba está prohibido por las leyes argentinas? ¿Las apuestas que se realizan a este juego generan una obligación civil, es decir exigible en derecho o simplemente una obligación natural?
Nada mejor entonces que encuadrar el problema en el ámbito jurídico y enfocarlo desde un triple punto de vista: Legislativo, jurisprudencial y doctrinario, utilizando para esta última fase la literatura folklórica del Río de la Plata.
En el ámbito legislativo el problema se suscitó en Jujuy en el año 1918.
Un proyecto de ley presentado a la Legislatura de aquella provincia propiciaba la implantación de un impuesto punitivo para el juego a la taba en razón de que debía considerárselo como juego de azar.
El recinto legislativo mostró la presencia de aquellas dos corrientes que señalamos, es decir los que podríamos llamar "apologistas" y "detractores".
El problema doméstico trascendió los límites provinciales y de él se hizo eco la prensa metropolitana.
El diario "La Razón" realizó una encuesta entre los tradicionalistas más autorizados y el balance final dio el triunfo a la corriente "legalista". La
taba no es juego de azar sino de habilidad, de destreza.
Los tribunales del país también han tenido oportunidad de pronunciarse sobre la cuestión.
La Cámara Criminal y Correccional de la Capital Federal en una sentencia dictada el 12 de junio de 1923 ha dicho que el juego de la taba es un juego de destreza personal.
En uno de sus considerandos expresa: "Que si bien el azar entra en mayor o menor proporción en todos los juegos, sólo pueden ser considerados como juegos de azar aquellos en los cuales la ganancia o pérdida depende exclusivamente del azar, o por lo menos en los que éste interviene en una proporción preponderante, lo que no sucede en el que la destreza del jugador desempeña el rol principal." (5)
Refiriéndose a estas peripecias de la taba ante los tribunales de justicia, Don Federico Oberti en un artículo publicado en el diario "La Prensa" el 14 de diciembre de 1958 recuerda este interesante episodio: "En cierta ocasión tocóle al extinto y distinguido doctor Salvador Oría defender a un jugador de taba inculpado Y procesado por un celoso comisario de campaña. El hábil defensor presentó al acusado ante el juez, alegando que en manos de su defendido la taba no constituía un juego de azar. Y uniendo la palabra a la acción, en uno de los ángulos del patio de cierto tribunal, tranquilo y callado, como quien se dispone a cumplir un rito sagrado, el sujeto en cuestión echó en un instante tantas suertes como quiso".
No podemos resistir a la tentación de pensar que el celo del comisario pudo tener origen en su propio interés lastimado. ¿No iría algo en la jugada el representante de la autoridad. ..?
La Cámara Criminal de San Luis decidió, en fallo dictado el 14 de mayo de 1964, que el juego de taba no constituye juego de azar penado por la ley.
En el aspecto doctrinario, Y sólo refiriéndonos a algunos autores conocidos, digamos que la gran mayoría está de acuerdo en que no se trata de un juego de azar sino de habilidad, de destreza, de baquía personal.

Don Federico Oberti en el artículo citado, aludiendo al carácter adivinatorio y augural que los griegos y romanos dieron a la taba, dice: "Al no dispensársele ninguna de estas prerrogat




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